ORACIÓN DEL 1 DE ABRIL
Te adoramos. Oh, Cristo, en todas tus iglesias que hay en el mundo entero y te bendecimos pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Estamos en la cuarta semana de cuaresma
¡Danos,
Señor, otra oportunidad!,
otra
posibilidad de convertirnos,
otra
ocasión de empezar de nuevo.
Ya
sé que hay días en que tienes motivos
para
desesperar de nuestra tierra.
Hace
ya veinte siglos que tu Palabra se hizo carne:
¡veinte
siglos en los que no has dejado de gritamos:
«Convertíos
y creed la Buena Noticia»!
Y
nosotros seguimos agrediéndonos y haciéndonos sufrir mutuamente,
inventando
armas cada vez más perfectas para matarnos unos a otros,
explotando
las riquezas de la tierra sin ser capaces de compartirlas,
dejando
que millones de seres humanos mueran de hambre,
ignorando
la soledad de nuestro vecino...
Más
de veinte siglos llevas tú enviando a cada generación
profetas
que griten en nuestro desierto:
«¡Dad
frutos que den fe de vuestra conversión!».
Y
nada parece cambiar bajo el sol...
Sé
muy bien, Señor, que tendrías razones de sobra
para
impacientarte y montar en cólera...
Pero
escucha el clamor de tu Hijo Jesús,
la
oración de todos los santos, los de ayer y los de hoy,
que
te piden una nueva oportunidad para salvar a nuestra pobre tierra:
¡Padre,
tú que eres lento a la cólera y rico en amor,
ten
piedad de tu pueblo; sé paciente un año más!
Señor,
si hay algo que tengo claro en mi vida,
es
que quiero seguirte.
Pero
he de reconocer
que
muchas veces el camino no es fácil:
Necesito
que me ayuden a ser consciente
de
que seguirte implica pasar cuarenta días de desierto como tú hiciste...
Necesito
que me laven los pies, que me preparen un trozo de madera
con
el que parezca que estoy abrazando tu cruz,
necesito
música y fiesta para sentir la verdadera alegría de tu Resurrección...
Necesito
que me inviten “a no cenar” una noche
para
concienciarme de que muchos de tus hijos
siguen
muriendo de hambre...
Necesito
vivir un gran problema
para
darme cuenta de que un examen no es el fin del mundo...
Necesito
que hagan unas convivencias
para
poder hacer un hueco y encontrarme contigo...
Haz,
Señor, que todo esto
no
se convierta en cruces de desconfianza.
Que
sea capaz de esperarte
con
mi corazón y mis manos rebosantes de ESPERANZA,
que
sea capaz de salir a tu encuentro por mi mismo,
sin
que sea necesario que los demás me empujen a ello.
Dispuestos a vivir plenamente esta Cuaresma que está a punto de terminar, reflexionamos sobre las BIENAVENTURANZAS CUARESMALES
Felices
quienes recorren el camino cuaresmal con una sonrisa en el rostro y sienten
cómo brota de su corazón un sentimiento de alegría incontenible.
Felices
quienes durante el tiempo de Cuaresma, y en su vida diaria, practican el ayuno
del consumismo, de los programas basura de la televisión, de las críticas, de
la indiferencia.
Felices quienes intentan en la cotidianidad ir suavizando su corazón de piedra, para dar paso a la sensibilidad, la ternura, la compasión, la indignación teñida de propuestas.
Felices quienes creen que el perdón, en todos los ámbitos, es uno de los ejes centrales en la puesta en práctica del Evangelio de Jesús, para conseguir un mundo reconciliado.
Felices
quienes se aíslan de tanto ruido e información vertiginosa, y hacen un espacio
en el desierto de su corazón para que el silencio se transforme en soledad
sonora.
Felices quienes recuerdan la promesa de su buen Padre y Madre Dios, quienes renuevan a cada momento su alianza de cercanía y presencia alentadora hacia todo el género humano.
Felices quienes cierran la puerta a los agoreros, a la tristeza y al desencanto, y abren todas las ventanas de su casa al sol de la ilusión, del encanto, de la belleza, de la solidaridad.
Felices quienes emplean sus manos, su mente, sus pies en el servicio gozoso de los demás, quienes más allá de todas las crisis, mantienen, ofrecen y practican la esperanza de la resurrección a todos los desvalidos, marginados y oprimidos del mundo. Entonces sí que habrá brotado la flor de la Pascua al final de un gozoso sendero cuaresmal.
Dichosos los pobres “de cartera y de espíritu,” los que, a pesar de que llegar a fin de mes os cueste sudor, lágrimas y demasiadas horas extras, ayunáis de vuestro ego y compartís con los demás lo poco (cartera) o lo mucho (corazón) que tenéis.
Dichosos los que tenéis hambre de justicia, de paz, de fraternidad, y sois capaces de ayunar y poner a dieta a vuestros corazones del menú tan típico de las sociedades desarrolladas: “indiferencia rebozada con conformismo,” todo ello regado con “un buen vino de apatía.”
Dichosos los que ahora lloráis a las puertas de un mundo que os da con ellas una y otra vez en las narices, y sin embargo sois capaces de ayunar de las quejas, de la venganza y, sobre todo y lo más importante, de arrojar la toalla y daros media vuelta.
Dichosos
seréis cuando vuestros mismos hermanos os obliguen, un día sí y otro también, a
ayunar de un trabajo digno, de una tierra habitable, de una mano amiga, y lo
soportéis y lo llevéis adelante en mi nombre...
Pero ay de vosotros, los ricos, que empacháis vuestras conciencias con el único ingrediente que nunca falta en vuestras mesas: la indiferencia.
Ay de los que hacéis la digestión tumbándoos a la bartola haciendo zapping con vuestro corazón, para no ver ni sentir a vuestros hermanos más pobres, más necesitados...
Ay de los que llenáis todos los días el carrito de la compra con silencios cómplices, sonrisas crueles, conciencias adormecidas...
Y ay, cuando vuestra gente brinde por vosotros y os invite a sus suculentas mesas, no sin antes desplegaros “la alfombra de los hombres de bien” para que no os extraviéis, no sea que acabéis en “alguna tasca” donde nadie os reconozca y... ¡menudo plan! no os dejen ocupar la mesa presidencial...
Así
que de vosotros depende, amigos. El menú está servido.
Si
al finalizar esta Cuaresma llegáis con el corazón pesaroso, no acudáis a ningún
dietista; la causa no es otra que una excesiva ingesta de calorías con un alto
contenido en insolidaridad, indiferencia e intolerancia.
Si,
por el contrario, os presentáis con un corazón 10 en solidaridad, en amor y en
compromiso, alegraos y disfrutad del Menú Pascual: Cristo resucitará en cada
uno de vuestros corazones y saciará, y con creces, vuestra hambre de felicidad.