miércoles, 20 de diciembre de 2017

TODOS: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Estamos ya en la tercera semana de Adviento: aumenta nuestra alegría y nuestro júbilo por la venida del Señor Jesús, que está cada vez más cerca de nosotros, es la semana de la la alegría. Sí, estamos llamados a vivir el gozo de la presencia de Jesús en nosotros, porque nos acercamos  a la Navidad y celebramos el acontecimiento más grande de la historia: Dios hecho uno de nosotros. ¿No es este el mayor motivo para vibrar de alegría, exultar  de gozo como María?

   Señor, nosotros somos tan pequeños que nos cuesta reconocer la grandeza de tu presencia,  y algunas veces, no sabemos disfrutar de la alegría que viene de ti.  Estamos poco acostumbrados a ella, pero Tú generosamente nos la ofreces y deseas que la recibamos.

  Señor, necesitamos profundizar más en quien eres Tú y en  lo que deseas para nosotros. Tú nos quieres felices, libres, deseas que seamos personas llenas de amor, que no nos falte la paz, que vivamos con una esperanza inquebrantable. Humildemente te pedimos, danos el conocerte más, el dejar que tu imagen, esa verdadera imagen del Dios tierno, cercano, que solo quiere nuestro bien, penetre en nuestro entendimiento, en nuestro interior y nos haga despertar a quienes somos para ti.

   Ayúdanos a dejarnos mirar como Tú nos miras, que  como María podamos cantar la grandeza de tu amor. Ella despertó a lo que significaba su vida para Ti, recibió la plenitud de la felicidad y creyó que  podía hacer  feliz, desde su pequeñez,  al Dios Todopoderoso. Ella permitió que Tú te alegraras con su sí “Mi alma canta la grandeza de Dios y mi espíritu exulta en Dios mi salvador, porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava, desde ahora, todas las generaciones me llamaran feliz, porque el poderoso ha hecho obras grande por mí, su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

   María, no fundaste la felicidad en ti misma, sino que cimentaste tu vida en Él. Dejaste que Él fuese feliz en Ti y ahí supiste hasta dónde puede llegar nuestro gozo en este mundo y para siempre. ? Qué misterio tan grande! Una mujer de nuestra raza despertó la sonrisa de Dios y de toda la naturaleza. San Anselmo así lo expresa:

“El cielo, los astros, la tierra, los ríos, el día, la noche, y todo lo que se halla sometido al poder y al servicio del hombre, se congratulan, Señora, porque, habiendo perdido su antigua nobleza, ahora han sido en cierto modo resucitados por ti y dotados de una gracia nueva e inefable.

... Ahora se alegran como si hubieran vuelto a la vida, porque ya vuelven a estar sometidas al dominio de los que confiesan a Dios, y embellecidas por su uso natural.

Es como si hubiesen saltado de alegría por esta gracia nueva e inapreciable… Estos bienes tan grandes provinieron a través del fruto bendito del vientre sagrado de la Virgen María.

¡Oh mujer llena y rebosante de gracia, con la redundancia de cuya plenitud rocías y haces reverdecer toda la creación! ¡Oh Virgen bendita y desbordante de bendiciones, por cuya bendición queda bendecida toda la naturaleza, no sólo la creatura por el Creador, sino también el Creador por la creatura!

… Dios, por tanto, es padre de las cosas creadas y María es madre de las cosas recreadas. Dios es padre de toda la creación, María es madre de la universal restauración. Porque Dios engendró a aquel por quien todo fue hecho, y María dio a luz a aquel por quien todo fue salvado. Dios engendró a aquel sin el cual nada en absoluto existiría, y María dio a luz a aquel sin el cual nada sería bueno.

En verdad el Señor está contigo, ya que él ha hecho que toda la naturaleza estuviera en tan gran deuda contigo y con él.”    

De las Oraciones de san Anselmo, obispo
(Oración 52: PL 158, 955-956)

   María, ayúdanos a creer en esa mirada tierna de Dios por nuestras vidas. Danos un corazón sencillo, pobre como el tuyo, porque solo así, podremos llegar a creer que Él se complace en nuestras vidas.

   María nos recuerda esta Palabra de Dios: “Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes. Decid a los de corazón intranquilo: ? Ánimo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene; él es la recompensa, él vendrá y os salvará”.

   Sí, el Señor viene y nos quiere colmar de gozo, quiere fortalecer nuestra vida, viene a capacitarnos para reconocer su amor, para descubrir que Él está a nuestro lado, que Él es nuestra salvación y la recompensa que necesitamos.
María, que como tú podamos abrir de par en par las puertas de nuestro corazón, para que Él se quede y para que podamos vivir esa alegría que viene de saberse mirado y elegido por Dios.