miércoles, 21 de diciembre de 2016

Miercoles 21 de Diciembre

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La cuarta semana nos invita a PONER NUESTRA MIRADA EN MARÍA.

Ella, más que nadie sabe de esperas y advientos, de tiempos de preparación y alumbramiento. Ella es nuestra Madre y nos recuerda a cada paso del Adviento a vivir el Silencio, la Escucha y la Acogida; a crecer en actitudes concretas de Servicio, Entrega y Alabanza; a recrear en nuestras familias y comunidades espacios de Solidaridad, Encuentro y Amistad.

Preguntémonos:
¿Cómo estoy viviendo la presencia maternal de María en mi vida?
¿Cómo estoy viviendo la Presencia de Jesús en mi vida? ¿Cómo la estoy compartiendo y llevando a los demás?
¿Es mi vida de hoy un lugar digno en el que el Señor pueda nacer y crecer?
¿Cómo estoy viviendo la oración? ¿Cómo la he vivido a lo largo de todo este año?

Dispongamos nuestra vida, nuestros corazones, nuestros hogares y comunidades! ¡Preparémonos para celebrar! ¡No dejemos pasar esta oportunidad que nos trae el Adviento! ¡Porque un niño nos ha sido dado; es el Emanuel, el Dios CON NOSOTROS! ¡Y esto es motivo de verdadera fiesta!

Y en este tiempo de preparación, muchos signos de nuestra liturgia familiar nos invitan a despertarnos, abrir los ojos para mirar y los oídos para escuchar lo que está pasando.
• La corona de Adviento
• El arbolito de Navidad
• El pesebre

Necesitamos de una salvación urgente para nuestro mundo. Ante tanto acontecimiento negro es buena la luz que nos destella la Fe. Por encima de todo, nos impregna de alegría: Jesús siempre será una buena nueva.
Porque cuando el hombre vemos que ha perdido el rumbo…… Jesús, con su nacimiento, le trae la posibilidad de reencontrarse a sí mismo en la humildad y en la esperanza.
En cierta ocasión un joven presumía de gustarle  empaparse debajo de la lluvia. Pero lo cierto era que, cada vez que llovía, desplegaba un gigantesco paraguas para protegerse de ella. Un buen amigo se le acercó y le dijo: “oye..si quieres mojarte de verdad..¿por qué no cierras el paraguas?”.
El mensaje de salvación nos exige replegar el paraguas de nuestra incredulidad y del relativismo: ¡qué más quieren las ideas dominantes que releguemos a un tercer plano a Dios! Y la actitud más apropiada es, precisamente, dejarnos empapar totalmente por esa gran novedad que Jesús nos trae: DIOS. Por el ambiente (no exterior de la navidad) y sí de los sentimientos que genera el sentido auténtico de estos próximos días: JESUS.
Ante la próxima Navidad no podemos contentarnos con cumplir un simple expediente como cristianos o de escuchar más o menos la Palabra de Dios. Lo importante es que NOS VOLVAMOS TOTALMENTE A EL; que seamos como aquella veleta que en lo más alto del templo nos dicta a las claras  de dónde y por dónde viene el viento de la fe: desde Oriente la Salvación.
Ante la alegría del amigo que viene no podemos presentarle una sonrisa profidén, una vida postiza, una fe sin obras. Ante el Señor que llega no cabe sino la emoción del amigo que espera, por el amigo que llega.
Lo que más me atrae de este tiempo de Adviento es que Jesús se cuela en medio de todo ese noticiario negro y calamitoso para abrirnos una realidad y buena nueva: DIOS NOS AMA Y POR ESO NUNCA SE CANSARA DE NACER DE NUEVO
En Adviento, quien desespera, es porque no espera ni quiere esperar en nada ni en nadie.
En Adviento, quien no espera, es porque –tal vez- sólo espera en sí mismo.
En Adviento, quien aguarda, es porque sabe que lo bueno está por llegar.
En Adviento, quien confía, es porque intuye que Alguien está por llegar.
¿Qué tienes Adviento que truecas la noche en día y transformas la soledad de vértigo en compañía?
¿Qué tienes Adviento que nos empujas y nos animas contra toda desesperanza?
¿Qué tienes Adviento que nos despiertas del letargo de la monotonía?
¿Qué tienes Adviento que levantas nuestra vista hacia el horizonte?
Tienes la luz que iluminará la noche más estrellada de la Navidad
Posees el despertador que espabila la fe dormida o amordazada
Tienes, más allá de la Navidad, la llegada de Aquel que de una vez por todas vendrá hasta nosotros
Escondes, en ti mismo, la fuerza que nos invita a pensar en un Dios que viene al encuentro del hombre
¿Qué nos das, Adviento, para que en ese dar, siempre siembres un poco de paz y de sosiego?
¿Qué secreto te traes entre manos, Adviento, para que se nos vayan desvelando tantos misterios?
¿Qué grandeza nos descubres, Adviento, para que el corazón vuelva del rencor al amor y el hombre de la violencia a la paz?
Fluyes en la Palabra que, según se había entretejido desde antiguo, por fin se cumple
Regalas la capacidad de asombrarnos ante un mundo que nos adormece
Presentas, entre otras cosas, la caricia de Dios que hace que desparezca la parte más negativa del ser humano.
Gracias, Adviento, porque haces de nuestra mente un pensamiento para Dios.
Gracias, Adviento, porque nos invitas a volvernos sobre nosotros mismos.
Gracias, Adviento, porque cuentas con nosotros como vigilantes de un gran amigo.
Gracias, Adviento, porque aún siendo hijos de Dios, sabemos que tenemos mil defectos que dejar en el camino, para poder entrar con libertad, sin dificultades  y con amor en Belén.
Para terminar vamos a leer un texto del libro “De profesión hermano”, en el que San Francisco nos relata la noche de Greccio que dio origen a la tradición de los belenes:
El mismo año de la aprobación de la Regla se me brindó también otra gran oportunidad: la de celebrar, de una manera especial, la “natividad del Señór”, su nacimiento.
Para nosotros era la gran fiesta del año; así nos lo daba a entender la liturgia de entonces. El eje era y lo es hoy en día la “pascua del Señor”; pero dentro del calendario litúrgico otorgué gran importancia a la navidad. Era el reflejo de la “minoridad de Dios”, el hacerse pobre, sencillo, despegado de todo lo sublime que nosotros le otorgamos como tributo divino; nacido de mujer, envuelto en pañales, perseguido, ayudado a crecer en sabiduría, en conocimientos humanos, a relacionarse con Dios y con los hombres… Siendo Dios, Jesús no tiene en menos el hacerse hombre y nace de María la virgen.
Como reverso de la medalla, es también la fiesta del engrandecimiento del hombre, pues nos otorga su dimensión divina, nos da la capacidad de llegar a ser y ser hijos de Dios.
Para mí, perdonadme los grandes liturgistas y teólogos, para mi aunque equivocado era la gran fiesta del años, y como tal la viví, y de manera especial aquella noche de navidad del año 1223.
Todo lo había preparado el bueno de Juan, un hombre rico y piadoso que vivía en Greccio. Había pedido los correspondientes permisos , y a medianoche celebramos la misa del gallo con toda solemnidad; realmente sentimos a Jesús recién nacido allí, en medio de nosotros, no sólo presidiendo la eucaristía, sino también palpándolo con cada uno de nuestros sentidos; tiritando de frío, llorando, riendo por los  mimos de María y de José… Era una delicia, una gozada. Por eso dije que toda la creación, hasta las cosas insensibles, deberían gozar y participar de esta alegría. Aquella noche no fue como las demás.
Con este buen grupo de seglares comprometidos y de hermanos menores se extendió por todas las regiones la escenificación del “belén”, del “pesebre”, los nacimientos. Es también una manera de evangelizar, de sensibilizar evangélicamente, pues los sentidos son las ventanas del hombre por las que entra el Espíritu y nos empuja a la conversión, a cambiar de vida

CARTA DE DIOS AL HOMBRE Y LA MUJER EN ADVIENTO
Querido hombre y mujer:
He escuchado tu grito de Adviento.
Está delante de mí.
Tu grito, golpea continuamente a mi puerta.
Hoy quisiera hablar contigo para que repienses tu llamada.
Hoy te quiero decir: ¿Por qué Dios preguntas? ¿A qué Dios esperas?
¿Qué has salido a buscar y a ver en el desierto?
Escucha a tu Dios, mujer y hombre  de Adviento:
"No llames a la puerta de un dios que no existe,
de un dios que tú te imaginas...
Si esperas... ábrete a la sorpresa del Dios que viene
y no del dios que tú te haces...
Tú, hombre y mujer,  todos, tenéis siempre la misma tentación:
hacer un dios a vuestra imagen.
Yo os digo, yo Dios de vivos,
soy un Dios más allá de vuestras invenciones.
Vosotros salís a ver donde está Dios... Os dicen:
"aquí está” pero no lo veis, y os sentís desanimados
porque Dios no está donde os han dicho...
Y Dios está vivo. Pero vosotros no tenéis mentalidad de Reino:
no descubrís a Dios en lo sencillo.
Os parece que lo sencillo es demasiado poco para que allí esté Dios.
Sabedlo: Yo, el Señor Dios, estoy en lo sencillo y pequeño...
Hombre y mujer  de hoy y de siempre:
deja espacio a tu Dios dentro de tu corazón.
Sólo puedo nacer y crecer donde mi palabra es acogida.
Qué tranquilo te quedas, haciendo -lo que hay que hacer- porque -
haciendo las cosas de siempre- evitas la novedad del Evangelio.
Pero yo te digo que tu corazón queda cerrado,
y tus ojos incapaces de ver el camino por donde yo llego.
No te defiendas como haces siempre.
No te escondas bajo ritos vacíos.
Hombre y mujer, si me esperas, deja de hacerme tú el camino
y ponte en el camino que yo te señalo por boca de los profetas.
Abre el corazón a mi Palabra.

Yo, tu Dios, te hablo

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Miercoles 14 de Diciembre

LA CORONA DE ADVIENTO

Este domingo celebramos el tercer domingo de Adviento y uno de los símbolos que utilizamos en este tiempo de Adviento, de preparación para la Navidad es la corona que se hace con unas ramitas verdes haciendo círculo y en el centro cuatro velas.
Pero, ¿Cuál es su significado?

EL CÍRCULO. El círculo es una figura geométrica que no tiene principio ni fin. La corona de adviento tiene forma de círculo para recordarnos que Dios no tiene principio ni fin, es eterno. También nos ayuda a tomar conciencia de que de Dios venimos y a Él vamos a regresar.

EL VERDE DE LAS HOJAS. La corona se hace con hojas verdes (ramas de pino o de cualquier árbol) y esto representa que Cristo está vivo entre nosotros (el verde es vida),

LAS VELAS. Son 4 y representan cada uno de los domingos de Adviento. La luz de las velas simboliza la luz de Cristo que buscamos desde siempre porque nos permite ver el mundo y nuestro interior. Cada domingo se enciende una vela. El hecho de ir encendiéndolas poco a poco nos recuerda cómo conforme se acerca la luz, la oscuridad se va disipando. Jesús es la luz del mundo.

Oración de Adviento:
Te busco y Tú te acercas, Señor, como un amigo
siempre presente, cuando se le pide luz para atravesar la noche.
Te buscamos cada día y te vemos, Señor,
donde se siembra la alegría,
donde se elimina la mentira, donde se suprime la injusticia.
Para encontrarte, Señor, ¡hay que estar en vela!
Tú estás a la perta y llamas.
Llamas al espíritu y al corazón.

GENEROSIDAD
Cuentan que cierto hombre estaba perdido en el desierto, a punto de morir de sed, cuando llegó a una casita vieja -una cabaña que se desmoronaba- sin ventanas, sin techo, golpeada por el tiempo.
El hombre deambuló por allí y encontró una pequeña sombra donde se acomodó, huyendo del calor del sol desértico. Mirando alrededor, vio una bomba de agua a algunos metros de distancia, muy vieja y oxidada. Se arrastró hasta allí, agarró la manija, y empezó a bombear sin parar. Nada ocurrió. Desanimado, cayó postrado hacia atrás y notó que al lado de la bomba había una botella. La miró, la limpió, removiendo la suciedad y el polvo, y leyó el siguiente mensaje: - "Primero necesitas preparar la bomba con toda el agua de esta botella, mi amigo"
 PD.: "Haz el favor de llenar la botella otra vez antes de partir."
El hombre arrancó la rosca de la botella y, de hecho, tenía agua. ¡La botella estaba casi llena de agua! De repente, él se vio en un dilema: si bebía el agua podría sobrevivir, pero si echaba el agua en la vieja bomba oxidada, quizá obtuviera agua fresca, bien fría, allí en el fondo del pozo, todo el agua que quisiera, y podría llenar la botella para la próxima persona; pero eso podía no salir bien.
¿Qué debía hacer? ¿Volcar el agua en la vieja bomba y esperar el agua fresca y fría? ¿O beber el agua vieja y salvar su vida?
Con temor, el hombre volcó toda el agua en la bomba. Enseguida, agarró la manija y empezó a bombear... y la bomba empezó a chillar.
 ¡Y nada ocurrió! Y la bomba chilló y chilló.
Entonces surgió un hilito de agua, después más, ¡y finalmente el agua salió con abundancia! La bomba vieja y oxidada hizo salir mucha, pero mucha agua fresca y cristalina.
Él llenó la botella y bebió de ella hasta hartarse. La llenó otra vez para el próximo que por allí podría pasar, la enroscó y agregó una pequeña nota en la etiqueta: - "¡Créeme, funciona! ¡Necesitas dar todo el agua antes de poder obtenerla otra vez!". Lo mejor de la vida consiste en confiar. Confía en Dios y no quedarás defraudado.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (15,29-37): En aquel tiempo, Jesús, bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él. Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel.
Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino.»
Los discípulos le preguntaron: «¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?»
Jesús les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?»
Ellos contestaron: «Siete y unos pocos peces.»
Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete cestas llenas.

REFLEXIÓN
¿Qué hace Dios? Invitar a la alegría. En muchas culturas sentarse a la mesa es símbolo  de alegría, pues expresa el sentido de fraternidad y de fiesta; en ella uno repone fuerzas disfrutando de los alimentos y conversa de manera distendida disfrutando de la compañía. De hecho, no hay festejo que se precie que no venga acompañado de una buena comida o una buena cena: un cumpleaños, una boda, un aniversario…
Las lecturas de hoy nos muestran dos banquetes donde el Señor quiere compartir con nosotros el alimento de la vida. No son banquetes privados ni exclusivos, sino universales, pues todos están invitados. En el primero Isaías así lo refleja: preparará para todos los pueblos […] un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera. Un banquete lleno de alegría, de salvación, donde no hay tristeza, donde todos están contentos, como en las fiestas auténticas. Un banquete que simboliza la salvación de todos, precisamente por esto último es un banquete de inmensa alegría, porque están todos, porque no se ha quedado nadie fuera. En el segundo banquete, Jesús da de comer a la multitud después de sanar todo tipo de dolencias. Una multitud que, de nuevo, simboliza la diversidad de condiciones sociales y razas. Comieron todos hasta quedar satisfechos. De nuevo, todos; nadie queda excluido.
En los países del llamado “primer mundo”, celebraremos la Navidad con demasiadas comidas y cenas: comidas de empresa, de amigos, de familia… En ocasiones son celebraciones con excesivo derroche, exageradas comidas. Tan excesivas que cuando terminan las fiestas, no faltan los reclamos publicitarios de gimnasios y dietas de adelgazamiento para corregir los excesos. Ojalá nuestros excesos fuesen no de calorías, sino de alegría, de gozo, de fraternidad. Quizá de estos dones estamos más anémicos y de ellos nos quiere saciar Dios. Este es su banquete, esta es su invitación.  Pero para que este gozo sea pleno, al menos tienen que estar todos invitados. Una mesa donde falten hermanos, nunca disfrutará de una alegría auténtica. ¿Quizá por ello nos cuesta ser felices de verdad? ¿A quién podría invitar a mi mesa?


martes, 6 de diciembre de 2016

Miercoles, 6 de Diciembre


Resultado de imagen de segundasemana de advientoVamos a encender la segunda vela de nuestra corona. La segunda vela recuerda la actitud de amor a Dios para con el hombre, invitándolo también a reflexionar sobre el amor que manifiesta a los que lo rodean. Los profetas mantenían encendida la esperanza de Israel. Nosotros, como un símbolo, encendemos estas dos velas. El Señor está cada vez más cerca de nosotros y debemos prepararnos dignamente para recibirlo en nuestros corazones. Hagamos un momento de silencio para elevar nuestra oración al Señor.

Debemos preparar el camino del Señor y esto nos exige estar preparados interiormente para la venida del Señor Jesús, para que lo recibamos con un corazón reconciliado, cada vez más convertido y transformado, capaz de amar y entregarse a los demás. Hagamos un compromiso concreto para esta semana que nos ayude a disponernos cada vez mejor para su venida.

Que cada uno de nosotros, Señor, te abra su vida para que brotes, para que florezcas, para que nazcas y mantengas en nuestro corazón encendida la esperanza. ¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Salvador!
Os anunciamos el gozo de Adviento
con la segunda llama ardiendo;
el primer ejemplo Cristo nos dio,
vivid unidos en el amor.

Tú, Dios del tiempo
nos tienes esperando.
Quieres que esperemos
el momento justo para descubrir
quienes somos, dónde debemos ir,
quienes nos esperan a nosotros y qué debemos hacer.
Gracias... por el tiempo que nos concedes para esperar.

Tú, Dios de los espacios
nos tienes mirando.
Quieres que miremos en lugares buenos y en lugares inciertos
para ver si hay señales de esperanza
y gente desesperanzada.
Para ver si hay señales de un mundo mejor
que puede brotar.
Gracias... por el tiempo que nos concedes para mirar.

Tú, Dios y Amor,
nos tienes amando.
Quieres que seamos como Tú:
que amemos a las personas que no tienen amor,
a las que son imposibles de amar,
que amemos sin celos ni amenazas,
y, lo más difícil de todo
que nos amemos a nosotros mismos.
Gracias... por el tiempo que nos concedes para amar.

Y en todo esto nos guardas.
Ante las preguntas difíciles que no tienen respuestas fáciles,
cuando fracasamos allí donde esperábamos triunfar,
cuando nos aprecian allí donde nos sentimos inútiles.
Y, pacientes, soñadores y amando,
con Jesús y su Espíritu
Tú nos guardas.
Gracias... por el tiempo que nos concedes para aguardar.

Hoy como ayer, Señor, no dejas de decir a los hombres: “El Reino de Dios está cerca de Vosotros, ¡convertíos y creed en la Buena Noticia”.
Convierte tú nuestra mirada para que sepamos discernir tu nueva e imprevisible presencia cada mañana, en nuestras casas y en nuestros lugares de trabajo, a la puerta de nuestro corazón y de nuestras ocupaciones, a la puerta de la vida diaria.

Muéstranos cómo basta con muy poco,
cómo apenas basta con nada, para sentirte muy cercano.
Un encuentro, una sonrisa, una mirada,
un apretón de manos, un pájaro, una flor,
una nube, una puesta de sol, una palabra, un silencio,
una oración, la risa de un niño, una carta,
una llamada de teléfono, una comida en familia...
Basta con muy poco, basta con nada.

Conviértenos a la mirada de tu fe,
abre nuestros ojos para que vean la claridad de tu presencia
en la sombra gris del día a día;
abre nuestros oídos para que oigan el discreto aliento
de tu paso en el rumor de lo cotidiano.

Reflexionemos ahora sobre las palabras del Papa Francisco nos dice;
"La Navidad suele ser una fiesta ruidosa: nos vendría bien un poco de silencio , para oir la voz del Amor."
Navidad eres tú, cuando decides nacer de nuevo cada día y dejar entrar a Dios en tu alma.
El pino de Navidad eres tú, cuando resistes vigoroso a los vientos y dificultades de la vida.
Los adornos de Navidad eres tú, cuando tus virtudes son colores que adornan tu vida.
La campana de Navidad eres tú, cuando llamas, congregas y buscas unir.
Eres también luz de Navidad, cuando iluminas con tu vida el camino de los demás con la bondad, la paciencia, alegría y la generosidad.
Los ángeles de Navidad eres tú, cuando cantas al mundo un mensaje de paz, de justicia y de amor.
La estrella de Navidad eres tú, cuando conduces a alguien al encuentro con el Señor.
Eres también los reyes Magos, cuando das lo mejor que tienes sin importar a quien.
La música de Navidad eres tú cuando conquistas la armonía dentro de ti.
El regalo de Navidad eres tú, cuando eres de verdad amigo y hermano de todo ser humano.
La tarjeta de Navidad eres tú, cuando la bondad está escrita en tus manos. La felicitación de Navidad eres tú, cuando perdonas y reestableces la paz, aun cuando sufras.
La cena de Navidad eres tú, cuando sacias de pan y de esperanza al pobre que está a tu lado.
Tú eres, sí, la noche de Navidad, cuando humilde y consciente, recibes en el silencio de la noche al Salvador del mundo sin ruidos ni grandes celebraciones; tú eres sonrisa  de confianza y de ternura, en la paz interior de una Navidad perenne que establece el Reino dentro de ti
Te pedimos, Padre, por nuestra Santa Iglesia Católica que se prepara para la venida de tu Hijo, parque que siempre tengamos fijos los ojos en Aquél que nos trae la reconciliación.
VEN SEÑOR JESÚS
Te rogamos por la paz en el mundo, para que en este tiempo de Adviento se viva con mayor intensidad el amor y la solidaridad.
VEN SEÑOR JESÚS
Te pedimos, Padre, por cada uno de nosotros, para que hagamos esfuerzos por caminar al encuentro del Señor Jesús, que es la "Luz del Mundo".
VEN SEÑOR JESÚS
Te rogamos también por nuestra familia, para que a ejemplo de la familia de Nazaret vivimos el amor mutuo y nos preparemos para la venida de tu Hijo.
VEN SEÑOR JESÚS
Te pedimos que Santa María aliente nuestros pasos en este Adviento, y sea Ella quien nos enseñe a crecer en confianza y esperanza en la venida del Reconciliador.
VEN SEÑOR JESÚS
Adviento, tiempo de esperanza,
en el seno de María crece el fermento de un mundo nuevo,
el hijo del Dios vivo que llega a compartir con nosotros.
Nace Emanuel, Dios-con-nosotros,
hecho niño, pobre, pequeño y necesitado.

María nos enseña el camino
para hacer nacer a Jesús
en nuestro tiempo:
confianza, entrega, fidelidad, coraje,
y mucha fe en el Dios de la Vida.
 
Tiempo de espera,
de atención y cuidados,
de respeto y contemplación. Señor,
hay mucho dolor en nuestro tiempo,
hay sufrimiento e injusticia,
ayúdanos a sembrar semillas de esperanza.
Descúbrenos la alegría de la paciente espera,
activa y fecunda,
comprometida por la vida de los que nos rodean.
Enséñanos a hacer crecer
la esperanza de algo nuevo,
anímanos a entregar nuestras vidas
para la construcción del Reino.
Es tiempo de espera, Señor,
pero también es tiempo de donación
y compromiso efectivo.
Contágianos la fe sencilla de María,
que dio su vida para alumbrar el Reino
y hacer nacer la esperanza en medio de su pueblo

Acudamos pues,  a nuestra Madre para que nos obtenga abundantes gracias que nos ayuden a prepararnos, de la misma manera como Ella lo hizo, para recibir al Señor Jesús.  Recemos junto un Ave María.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Miércoles, 30 de Noviembre

Resultado de imagen de adviento
En esta primera semana de Adviento, Señor, te agradecemos que nos hayas avisado de tu venida navideña un año más. Este aviso cariñoso nos permitirá preparar tu visita con tiempo. Nuestro mundo, nuestra familia y nuestro grupo te quiere y te necesita. ¡Ven, Señor y amigo nuestro! ¡Entra en nuestra casa y en nuestras cosas!

 El mundo necesita luz, paz, amor, alegría, vida... el mundo necesita Dios, que es todo eso y mucho más. ¿Necesito y deseo que Jesús-Dios venga a “mi casa”, aunque esto me obligue a cambiar ciertas cosas? ¿Qué no me gusta, ni le gusta a Él, de mi vida? ¿Por qué y para qué quiero que me visite? Le rezo de corazón: “Ven a nuestro mundo y ven a mi persona –a mi casa- Señor Jesús...”

Hoy hemos encendido nuestra primera vela, Señor, esta luz, como aquel que enciende su lámpara para salir, en la noche, al encuentro del amigo que ya viene. En esta primer semana de Adviento queremos levantarnos para esperarte preparados, para recibirte con alegría. Muchas sombras nos envuelven.

Espíritu Santo, tú que sembraste la esperanza en el corazón de María de Nazaret y alumbraste en su seno al Salvador del mundo, abre nuestro corazón al gozo de la escucha de tu Palabra y haz que acojamos, con esperanza y amor, al Señor que viene a hacer nuevas todas las cosas. Amén.

Lectura del Evangelio según san Mateo 24, 37-44

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».

Vigilar significa estar atentos y preparados; salir al encuentro del Señor, que quiere entrar, en nuestra existencia, para amarnos y para salvarnos.
Queremos estar despiertos y vigilantes, porque Tú traes la luz más clara, la paz más profunda y la alegría más verdadera. ¡Ven, Señor Jesús!. ¡Ven, Señor Jesús!

 “Velar” para “dar fruto” pasa por estar atento a lo que sucede en el entorno y en el mundo en general; pasa por hacer discernimiento (con los demás) para descubrir qué es la voluntad de Dios en cada situación; pasa por rogar-rezar (Mt 26,41). Velar así nos mantiene firmes en la fe, nos da coraje, nos ayuda a vivir sobriamente.

Escuchar
Hablar es cosa fácil, no así el escucha
Sin duda por eso nos dio el Señor dos orejas pero sólo una lengua.
Oír como quien oye llover. Oía campanas sin saber de dónde, también resulta sencillo. No así lo de escuchar
Ponerse a la escucha de alguien es, en primer lugar, rechazar todo lo que puede distraer nuestros oídos, nuestra mente, nuestro espíritu.

Escuchar es acallar los tumultos interiores, apartar las fascinaciones de exterior, alejar las interferencias que dispersan la atención y distorsionan la palabra que el otro me dirige.

Escuchar es hacer un silencio lo suficientemente denso como para que yo grite desde él: ¡Ahora tú eres mi centro¡, ¡Mi meta¡, ¡Mi carrera me lleva únicamente a ti!
Ponerse a la escucha de alguien es apartar la mirada de uno mismo y volverse hacia el otro, llegar al cara a cara, como diciendo: ¡Aquí estoy¡ ¡No existe para mí ningún otro interés! ¡ Estoy listo para percibir hasta el susurro de tu palabra!

Escuchar equivale a acoger. A abrir de par en par todas las puertas tras de las que uno se guarda. A derribar tanta alambrada y frontera tras de las que nos parapetamos.

Escuchar a alguien es descuidarme a mí y preferir al otro. Es preferir al que está ahí, ante mí; y acogerlo con su saco atestado de ropa más o menos limpia, pero que es la suya. Es aceptar que entre mí, es recibir al otro, son sus sueños y sus deseos; con sus gustos y disgustos; con sus filias y sus fobias.
Es prever que va a desordenar los estantes tan cuidadosamente ordenados de mi existencia; es cederle el sitio; es ofrecerle las llaves de la casa, como diciéndole: “Tu presencia me lo va a poner todo patas arriba; pero corro el riesgo: ¡te escucho! ¡Las palabras que me digas serán para mí espíritu y vida”.

Adviento es el tiempo de la escucha porque es el tiempo en el que, lentamente, asimilamos esa Palabra que ha venido a habitar entre nosotros.
Adviento es el tiempo en el que todos los que escuchan  la Palabra aprenden a cambiar sus tinieblas en claridad. El tiempo en el que, poniéndose a su escucha, se arriesgan a hacer un camino hacia la luz.
Adviento es el tiempo en que los hombres escuchan al Señor por el altavoz de cada prójimo. Es cuando todo lo que endurece los corazones de derrite ante el calor del Evangelio. Es cuando saltan a la boca de uno palabras nuevas y al corazón de uno sentimientos nuevos y a la conducta de uno actitudes nuevas... Así nace el Otro en uno. Por eso, porque...
¡Adviento es tiempo de nacer!
Pidamos a Jesús que nos ayude a estar preparados, a estar disponibles, a estar atentos. Que el Señor nos ayude a mantener firme la fe, encendida la esperanza, alerta el amor. Demos gracias a Dios porque el cielo y la tierra pasarán, pero sus palabras no pasarán. Y al comenzar un nuevo Adviento, presentemos nuestros deseos ante Dios Padre…

DIALOGO ENTRE EL HOMBRE Y DIOS

HOMBRE: ¿Cuánto me quiere Dios?

DIOS: Mucho más que la vela quiere al viento
más el mar quiere al agua y la sal
mucho más que el cristal quiere a la lluvia
te quiero mucho más

 Mucho más que el espacio quiere al tiempo
que el calor necesita del sol
mucho más que la huella quiere al suelo
te quiero mucho más.

HOMBRE: Y yo si saberlo casi
DIOS: y tu casi sin saber
HOMBRE: los dos somos más que todo, los dos, mucho más
DIOS: Mucho más, que te ames a ti mismo
HOMBRE: mucho más que me quiero yo a mí
DIOS: más que el fin puede amar a su principio
te quiero mucho más,
HOMBRE: te quiero mucho más.

En este primer domingo se ofrece una respuesta a las incertidumbres de las personas. El profeta no espera la salvación de los hombres ni de los poderes políticos, sino de Dios mismo. Daremos razón de la esperanza no con nuestras palabras, ni por imperativo moral, sino por un estilo de vida de quien se pone en pie, mira el horizonte, convoca a otros, ajusta velas y enfila la barca. La esperanza no es algo que tenemos sino algo que compartimos.

Ante todo esto, son muchas las preguntas que podemos hacernos:
¿Realmente vivimos confiados? ¿Nos sentimos llenos de miedo?
¿En quién tenemos puesta nuestra confianza? ¿De verdad nos fiamos?
¿Estamos en vela? ¿Vivimos alerta, a la espera, vigilantes? ¿Esperamos al Señor que viene a nuestras vidas?


miércoles, 23 de noviembre de 2016

Miércoles, 23 de Noviembre

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio.
Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».

COMENTARIO
El sueño de que aparezca una humanidad perfecta y pura ha habitado siempre en el corazón de cada hombre; pero en algunas épocas, a causa de las circunstancias adversas, se ha agudizado. Ello ha dado lugar a las grandes utopías formuladas por los filósofos, desde Platón (con su República ideal) hasta grandes pensadores renacentistas (como el dominico italiano T. Campanella con su “ciudad del sol”), e incluso hasta teorías filosófico-políticas de los siglos XIX-XX que en realidad condujeron a grandes tragedias.
El Antiguo Testamento, de forma retrospectiva e idealizada, contempla como aparición de un mundo nuevo la experiencia del Éxodo: fue la superación de la esclavitud en un país pagano y el paso a un desierto en el que Dios mismo alimentaba al pueblo con agua milagrosa y pan celestial. Naturalmente idealizaron el panorama, olvidando las penalidades inherentes al caminar por un desierto poblado de serpientes y escorpiones. El regreso del exilio de Babilonia (año 538) será contemplado como un nuevo éxodo.
En la misma línea, el Apocalipsis del Nuevo Testamento imagina la liberación definitiva de la humanidad como un éxodo aún más glorioso: es liderado no ya por Moisés, sino por el Cordero vencedor, y no se atraviesa el salitroso mar rojo, ni el árido desierto, sino un indescriptible mar de vidrio incandescente, en una procesión festiva de los redimidos, al son de cítaras: se ensamblan en uno solo el cántico de Moisés y el del Cordero.
La contrapartida es la destrucción de los poderes enemigos: los tatuados con el nombre y la cifra de la bestia infernal perecen junto con ella. Y esto nos permite conectar con el discurso apocalíptico del evangelio de Lucas: los elegidos sufren persecución, procesos judiciales injustos, rechazo incluso por parte de los parientes y allegados… Pero Dios no tiene olvidado ni uno de sus cabellos, sólo se les pide perseverancia… Es la actitud con que dice Pablo de Tarso: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”, o “sé de Quién me he fiado”.
La comunidad para la que se escribe el tercer evangelio tiene mucho en común con la nuestra. Como aquellos creyentes, también nosotros tenemos nuestra historia de sufrimiento, padecemos infortunios y rechazos, a veces contratiempos incomprensibles. Por ello a veces nos acecha la duda o tentación respecto de la fidelidad de Dios, de si vale la pena seguir creyendo y practicando. Más aún, en la época de la velocidad y las prisas en que vivimos, quisiéramos una respuesta inmediata. Pero las obras de filigrana requieren tiempo y calma, maduración. La consigna que da Lucas a su comunidad debe ser válida también para nosotros: conservar el buen ánimo, la entereza, la paciencia, y no perder de vista el horizonte final: “salvaréis vuestras almas”. El salmista lo había escrito siglos antes: “aunque el justo sufra muchos males, de todos le libra el Señor.

DIOS TE QUIERE A TI
Si observas, a las personas a las que llamamos “buenas personas” son personas:
Que necesitan pocas cosas y las cosas no son su centro;
Que no van por la vida quejándose de todo; aman su vida;
Que aceptan lo que son y tienen y no se comparan con otros/as;
Que no viven para sí, sino que están abiertas a los otros; tanto es así que llegamos a decir que “no piensan en sí”, sino en los demás;
Que no pasan la vida chismorreando de los otros…

Convertirse no es ser como tal persona. Convertirse es ser tú: tú, con tu originalidad, con tu personalidad, con todo eso que puedes ser, si de verdad te decides a serlo. Los modelos que tenemos delante no son para compararnos, son para animarnos a ser como ellos/as se animaron a ser.
Recuerda que lo que Dios quiere de ti es que seas tú mismo. Te quiere en toda la originalidad que eres. Sin añadidos, sin imitaciones.

Apaga los ruidos de tu corazón
Y escucha los gritos de Dios:
Quejas de los hombres que piden un poco de amor.
¡Entra en sintonía!
Dios emite sin interrupción.
El amor verdadero no se pesa
«Dad y os darán: recibiréis una medida generosa, apretada, remecida y rebosante» (Lc 7, 38)
Decía Calderón de la Barca: «Que cuando amor no es locura no es amor». Y es que dar paso a la lógica divina del amor es una locura para cualquiera. Cuando leemos el evangelio con el corazón nos damos cuenta de que el amor de Dios no es cicatero, no se puede calcular, ni se mide, ni se pesa.
La medida de la generosidad de Dios es tan desconcertante, abundante y tan difícil de imaginar como las estrellas del universo; tan difícil de medir como los granos de arena de una playa; tan sin fin como las gotas de un inmenso océano. Así, en el evangelio, el padre misericordioso no calculó el amor con el hijo pródigo, lo derrochó. Y aquel que contrató a los jornaleros de la última hora y les dio el mismo salario que al resto, no reservó su extrema generosidad.
Cuando somos capaces de liberarnos de las cadenas de una deuda y abandonamos nuestros precisos cálculos, permitimos que en nuestra vida entre un Amor que solo puede crecer; “Siempre es más y no sabe de números” tiende a infinito y brota a borbotones.
¿Te sueles ver midiendo y pesando tu amor, tu generosidad, tu bondad con los demás?
La memoria que duele
«Fíjate en mi aflicción y en mi amargura, en la hiel que me envenena; no hago más que pensar en ello, y estoy abatido. Pero hay algo que traigo a la memoria y me da esperanza: que la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión» (Lam 3,19-22)
En ocasiones andamos un poco mustios. Evocamos lo vivido. Nos encerramos en historias que se convierten en prisión y no nos dejan seguir adelante. ¿No te ha pasado nunca? Una relación que se atravesó, un mal amor, una herida que no sabes cómo hacer que cicatrice, un fracaso personal del que cuesta levantarse, un pasado glorioso que brilla más con la memoria porque la memoria tiene esa capacidad de mitificar…
A veces hay que aprender a recoger los pedazos y recomponerlos. Mirarse con ternura, agradecer lo vivido, pero dejarlo marchar y sonreírse a uno mismo y al futuro para salir de las celdas innecesarias, porque la vida siempre espera más adelante.
¿Hay algún recuerdo  en el que no puedes dejar de pensar?
¿Qué podrías hacer para dejarle marchar?

DEL EVANGELLIO DE LUCAS (4, 17, 21)

“Le entregaron el libro del profeta Isaías, desenrollo el volumen y encontró el pasaje en el que está escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a llevar la buena noticia a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los cie­gos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor” Enrolló el libro, se lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó; todos tenían sus ojos clavados en él; y él comenzó a decirles: “Hoy se cumple ante voso­tros esta Escritura”.

Oración.
Señor... hoy quisiera pedirte por esos hombres y mujeres que no tienen donde permanecer. Te pido por ellos, por los que van de pueblo en pueblo; de ciudad en ciudad; de albergue en albergue; de portal en portal, con todo su ajuar a cuestas estrujado en un misera­ble saco.
Te pido por esos hijos de nadie, por esos, porque precisamente por eso son más hijos tuyos... Te pido por todos los desfavorecidos socialmente, que encuentren cobijo cuando lo necesiten, ellos son también tus hijos, Padre.
Te pedimos, Señor, por los ancianos olvidados, por tantos niños explotados, y por quienes no han conocido un padre, por los que se ven obligados a vender su cuerpo, por quienes sólo conocen la calle como hogar.
Los sueños que sanan
«Después derramaré mi espíritu sobre todos: vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones» (Joel 3, 1)
Hay que tener alma de soñador. Hay que imaginar mundos mejores, para después imaginar la forma de construirlos. Hay que intuir novedad, mejorar, para así tener una humanidad más plena.
De noche uno imagina, sueña despierto, en esa última hora antes de quedar dormido, todo parece más fácil, posible, cierto y aunque luego, con la luz del día, los contornos se vuelven más reales y las metas más difíciles, ¿por qué no mantener encendida la llama de la esperanza? ¿Por qué limitarse a arrastrar los días cuando podemos elevarnos y mirar desde una altura hecha de evangelio, de bienaventuranza y de la bondad humana?
¿Cuáles son tus sueños en este momento de la vida?

ORACIÓN
Señor: Me cuesta comenzar el día,
porque sé que es una nueva tarea,
un nuevo compromiso, un nuevo esfuerzo.
Ayúdame a comenzarlo con entusiasmo, 
con alegría, con ilusión nueva.
Sé que estás a mi lado:
en mi familia
en mis amigos,
en las cosas, en mi propia persona.

Gracias por sembrar paz, solidaridad,
amor, entre mis hermanos.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Miercoles 16 de Noviembre


¿Quién cree en las estrellas?
Escucha la música. Deja volar tu imaginación.
Ella entra en escena, danzando al compás de Dios. Isabel. Mujer. Princesa. Pobre. Seguidora del Maestro. Entusiasta de Francisco.
¿Crees ahora en las estrellas?

Vaya historias. Historias compuestas de risas, palabras y ropas, de besos, personas y deseos que se cuentan en las bodas, bautizos y reuniones de las familias…
Estás ante una de ellas. La de la joven Isabel. Nacida princesa, educada en el Evangelio, enamorada de Luis, convertida en madre y forzada a vivir sin nada. Vaya “historia” que te cuento; la de una joven cristiana, que en los tiempos de las Cruzadas, buscó a Cristo pobre y de pobres murió rodeada.

Estoy por ti… O al menos eso se dijeron Isabel y Luis. Se conocían desde pequeños, cuando el matrimonio se concertaba. Cuando eran los padres los que unían, en sus hijos, sus esperanzas. Pero salió bien el trato. Quién iba a decir que se prometerían amor eterno aquellos dos amigos de la infancia. ¿Por qué no? ¡Si Isabel era la vida y Luis la esperanza!
“Estoy por ti…” les dijo también Cristo.
Y dejaron que el mundo hablara porque ambos se querían y con Dios, lo demás no importaba.

¿Qué puedo hacer por ti?
En la Corte de Turingia se hablaba, se hablaba del loco de Dios, un tal Francisco, que abandonó su vida agasajada para andar por los caminos predicando el Amor de Dios. Sin darse cuenta, la niña Isabel escuchaba, tras los cortinajes, las florecillas de aquel hombre de Dios que vivía con leprosos y al sol hermano llamaba.
¿Qué puedo hacer por ti? Es la pregunta que puede cambiar tu vida.

Mira al cielo… Y allí en lo alto descubrirás que cualquier pena, ahogo o desesperanza se percibe más pequeña. Allí está Él, la luz del Alba.
Mira al cielo… sugería Francisco, el trovador de Isabel. Alaba al Dios de la vida y pídele; pídele que ilumine la oscuridad de criterios al amar, al estudiar, al trabajar, al comprometernos, al corregir, al mirar.
Mira tú al cielo. Y siéntete parte de un mundo más grande.

Dichosos, felices y afortunados los que nada tienen que perder, los que no gastan energías en disimular carencias. Los que aguantan el dolor por amar demasiado y no saben pasar cuentas, sino que al contrario rompen en lágrimas cuando de Dios se ven necesitados.
Isabel, mujer dichosa, feliz, afortunada por descubrir la Misericordia de Dios. Por no sentir vergüenza ante un Dios crucificado y arriesgar.
Dichoso tú si sabes que Dios se ha bajado de su cielo para levantarte.

Da miedo la oscuridad cuando tenemos algo que esconder, defender o guardar. Pero cuando uno da un paso al frente y no teme perder nada siente una libertad tan grande que es capaz de todo.
Isabel fue despojada del ducado, de las rentas y del prestigio por la misma familia de su difunto esposo. Sola, pobre y con tres niños comenzó a caminar sin rumbo, confiando solo en la providencia divina. Razones para rabiar tenía aquella joven viuda, extranjera y mansa.
En lugar de desesperar se confía al que nunca falla. Al que con su luz aleja de nosotros el miedo y la nada.

¿Dónde estás cuando te busco…?
- “donde siempre”.
- “pero he rezado, pedido y buscado. Y no me has respondido”
- “Quizá no has mirado bien. Porque allí donde hay un pequeño, un dolor, un sufrimiento, un bautizo, un concierto, un colegio… allí estoy”
- “Si, bien. Pero no estabas cuando te buscaba en mi desespero”
- “¿Pero cuándo me has pedido ayuda? Porque con tanto ruido no he oído tu voz. Y por si acaso, asomado a tu vida sólo he visto muros de dudas, notas, deudas y miles de orgullosas razones que han cambiado tu aspecto. No he reconocido tu voz. Tan sólo una queja desgarrada contra tu yo, por no superar un desconcierto”
- “Es cierto. Me buscaba a mí. No me escondas tu rostro”
- “No lo oculto. Mírate en el espejo”

Grita de alegría… no te cortes. Estás ante el verdadero Amor. Y ante Él no hay corte que valga. Te conoce por todos lados: por arriba, por abajo, por la izquierda y la derecha, por detrás y por delante.
Grita de alegría porque no hay mayor belleza que despertarse y encontrar que todo tiene sentido: las clases, los amigos, la novia, el novio, la familia, el trabajo, el futuro y hasta la parroquia.
Grita de alegría como Isabel.
Ella descubrió el nuevo rostro de Dios y la manera distinta de relacionarse.
Aprendió de Francisco la alegría de tener a Dios por Padre, a Cristo por Hermano y al Espíritu por Esposo.
Prueba tú. Nada pierdes. Grita de alegría y salta, canta y cuenta porque Dios es el Dios del Perdón y la Misericordia.
Carmen Gil y Pablo Nogales (1º de Bachillerato)

miércoles, 2 de noviembre de 2016

2 de Noviembre de 2016

Buenos días, paz y bien hermanos.

Resultado de imagen de oracion de la mañanaPara comenzar este día vamos a reflexionar sobre todas las personas afectadas por el huracán Matthew del pasado 6 de octubre que pasó por Haití, de manera que aceptemos que a veces somos egoístas y no nos preocupamos de los que les pueda pasar a personas de la otra parte del mundo cuando ellos tienen que afrontar y superar  catástrofes desde la humildad.

Es difícil aprender a ser humilde sin humillaciones.Muchas veces le pedimos a Dios cosas tales como que nos dé un corazón de niño, pero luego nos quejamos cuando nos  consideran menos y no cuentan con nosotros, si n olvidan, si nos han criticado y se han reído de nosotros, o si hemos cosechado un fracaso, o si el otro tiene más acierto que nosotros. Por ello vamos a pedir al Señor que nos de humildad.

PARÁBOLA DEL FARISEO Y EL RECAUDADOR DE IMPUESTOS.
Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro, recaudador de impuestos. 11 El fariseo se puso a orar consigo mismo: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres —ladrones, malhechores, adúlteros— ni mucho menos como ese recaudador de impuestos. 12 Ayuno dos veces a la semana y doy la décima parte de todo lo que recibo.” 13 En cambio, el recaudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!”
14 »Les digo que éste, y no aquél, volvió a su casa justificado ante Dios. Pues todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»´

Algunos compromisos que podemos realizar para rebajar nuestro ego y ser más humildes son los siguientes:
  • No presumas del bien que haces, ni lo publiques en los medios de comunicación.
  • No te complazcas en el bien que haces, no le des tanta importancia, que ni tu mano izquierda sepa lo que hace tu mano derecha
  • No trates de ocultar tus fallos y fracasos
  • No te excuses ni te disculpes tanto
  •  Aprende a callar y a no defenderte cuando alguien te acusa, como lo hizo Jesús
  •  Aprende a pedir perdón
  • Participa, da tu opinión, sin temor al ridículo, pero no pongas al otro en ridículo
  • Habla más de los valores y éxitos del otro que de sus defectos
  • Ejercítate en servir a los demás, siempre de abajo arriba
  • Renuncia definitivamente al comparativo
Por último vamos a pensar cuales de estos nos podemos aplicar a nosotros mismos y cómo lo podemos hacer.
Marina Centenera y Carmen Rodríguez (1º Bachillerato)