miércoles, 29 de marzo de 2017


Confiar…. y después, confiar
Por las circunstancias que te ha tocado vivir, es posible que confíes en pocas personas e incluso que pocas personas confíen en ti. Pero ¿Qué es confiar?
      La confianza es tener fe; es contar con los demás y creer en alguien o algo; es tener seguridad de que el bien sucederá sin que yo tenga que controlarlo.
Igual que uno confía que el sol saldrá por la mañana sin que haya que mover un solo dedo, confiar en los demás es creer que las personas van a cumplir su palabra sin tener que obligarles.
      Confiar en uno mismo es tener fe en tu propia capacidad de aprender, cambiar y crecer. Cuando decimos que la vida no se ha portado bien con nosotros, nos resulta muy difícil confiar. Tener confianza no significa esperar que la vida nos resulte sencilla en todo momento. Confiar es estar seguro de que en todo lo que nos trae la vida siempre hay algo que aprender y que el amor de Dios siempre nos acompaña.
 Cuando tienes confianza sabes que nunca estás solo. Necesitas confiar en las personas, en los amigos y en ti mismo; ten en cuenta que la confianza tarda mucho en construirse y muy poco en venirse abajo; cuando prometes algo a alguien, cuando te comprometes o cuando alguien confía en ti, no debes traicionar esa confianza porque si fallas, te costará volver a recuperarla. Confiar en todos es una insensatez pero no confiar en nadie te conduce a la soledad.

¿PARA QUÉ CREER?
      Probablemente tú no rechazas a Dios. Al menos, nunca te lo has planteado así cuando te has ido alejando de la religión. Lo que te pasa es que no aciertas a creer y tampoco ves muy claro para qué te puede servir la fe.
¿Por qué no empezamos por aclarar algunas cosas?
Quizás la primera pregunta que surge en tu interior es muy sencilla: ¿Para qué creer?, ¿Cambia algo la vida el creer o no creer?, ¿sirve la fe realmente para algo?
      Esta pregunta sólo es posible cuando sigues pensando equivocadamente que tener fe es creer una serie de cosas enormemente extrañas que nada tienen que ver con la vida y no has vivido nunca la experiencia viva de Dios.  La experiencia de sentirte acogido por Él en medio de la soledad y el abandono, la experiencia sentirte consolado en el dolor y la depresión, la experiencia sentirte perdonado en el pecado y el peso de la culpabilidad, la experiencia de  sentirte fortalecido en la impotencia, la experiencia de sentirte impulsado a vivir, amar y crear vida en medio de la fragilidad.
¿Para qué creer?
Para vivir la vida con más plenitud.
Para situarlo todo en su verdadera perspectiva y dimensión.
Para vivir incluso los acontecimientos más banales e insignificantes con
más profundidad.
¿Para qué creer?
Para atreverte a ser humano hasta el final.
Para no ahogar tu deseo de vida hasta el infinito.
Para defender tu verdadera libertad sin rendir tu ser a cualquier  ídolo esclavizador.
Para permanecer abierto a todo el amor, toda la verdad, toda la ternura
que se puede encerraren el ser.
Para seguir trabajando tu propia conversión con fe.
Para no perder la esperanza en el hombre y en la vida.

EL AYUNO QUE DIOS QUIERE
Una de las palabras que nombramos el miércoles de ceniza es “El AYUNO”, tal vez te suene solo a privarte de cosas de comer, pero no consiste solo en eso.  Mira las cosas en las que se puede hacer ayuno.
El ayuno que Dios quiere es:
Que no hagas gastos superfluos , ni seas esclavo del consumo
Que prefieras pasar tú necesidad, antes que la padezcan otros.
Que ofrezcas tu tiempo al que lo pida y necesite.
Que prefieras servir a ser servido.
Que te comprometas en la lucha contra toda marginación.
Que veas en el pobre y en el que sufre, como creyente que eres, un signo de Jesucristo.
Que esperes cada día una nueva humanidad.
Que te alimentes de la palabra de Dios.
Que respetes todo ser vivo.
Que te abstengas de toda violencia
Y así podríamos seguir nombrando tantas y tantas cosas de los que podemos hacer ayuno.

Oración por nuestra tierra
Dios omnipotente,
que estás presente en todo el universo
y en la más pequeña de tus criaturas,
Tú, que rodeas con tu ternura todo lo que existe,
derrama en nosotros la fuerza de tu amor
para que cuidemos la vida y la belleza.
Inúndanos de Paz, para que vivamos como hermanos y hermanas
sin dañar a nadie.
Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar
a los abandonados y olvidados de esta tierra
que tanto valen a tus ojos.
Sana nuestras vidas,
para que seamos protectores del mundo
y no depredadores,
para que sembremos hermosura
y no contaminación y destrucción.
Toca los corazones
de los que buscan sólo beneficios
a costa de los pobres y de la tierra.

Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa,
a contemplar admirados,
a reconocer que estamos profundamente unidos
con todas las criaturas
en nuestro camino hacia tu luz infinita.
Gracias porque estás con nosotros todos los días.
Aliéntanos, por favor, en nuestra lucha
por la justicia, el amor y la paz.
                                                                                      Papa Francisco
APRENDER A SERVIR
Jesucristo vino al mundo para “servir” a la humanidad. Lo dijo en numerosas ocasiones y lo hizo durante toda su vida en la Tierra.
Servir consiste en buscar siempre la felicidad del otro; consiste en compartirlo todo.
Es el único medio de cambiar el mundo y de devolverle la capacidad de amar.  
 Es una tarea difícil. Algunos dicen que es imposible. Jesús nos demuestra que no lo es tanto, Él lo consiguió y nos invita a que nosotros también lo intentemos. Pero... ¿cómo? Jesús nos da las pistas: mirando más allá de las apariencias; sirviendo y ofreciendo nuestra paciencia, nuestra alegría, nuestro perdón; caminando hasta el final, sin cansarnos ni tirar la toalla a mitad de camino, con Jesucristo los cristianos logran que la vida triunfe sobre el mal y la muerte.
      Los cristianos, siguiendo al Señor Jesús, aprendemos a servir, a ofrecer lo mejor que tenemos para que el otro sea feliz.
Los seguidores de Jesús tenemos que entender la vida como un tiempo para aprender a servir.
 Aprender a servir explicando a un compañero el problema que no entiende. Aprender a servir no criticando a los demás, sino ayudándoles a mejorar. Aprender a servir cumpliendo con nuestras obligaciones.

Aprender a servir perdonando de corazón a aquellos que nos molestan. Aprender a servir pensando siempre en la felicidad de los que están a mi alrededor.

miércoles, 22 de marzo de 2017


Amigos | Colegio | Trabajo | Familia | Exámenes |
Compañeros de trabajo | Deberes | Risas ||

Estas son algunas de las cosas que vivimos día a día. 
Seguro que más de una de las cosas que has oído te han hecho pensar en un momento concreto o incluso en una persona. 
A veces parece que pasamos por la vida tan rápido que ni nos damos cuenta de todo lo que vivimos y todo lo que aprendemos a cada paso que damos.
Estas son alguna de las muchas cosas que has vivido tú, si tú, quizás durante las últimas horas y que quizás ni te habías parado a pensar.

Pero… empecemos la mañana con una pregunta que a simple vista parece de fácil respuesta: ¿qué tal estas?
¿cómo te sientes? ¿has dormido bien?

Tras todas las emociones que hemos vivido durante esta semana, nos encontramos aquí, algunos todavía con los ojos medio cerrados para dar gracias. Porque pedir es muy fácil pero… cuántas veces al día nos paramos a dar gracias por levantarnos cada mañana, por tener a alguien que nos dé un abrazo al llegar a casa o simplemente por tener la oportunidad de vivir la vida y de aprender con cada paso que damos. 

Pocas veces sacamos tiempo para eso. Pero hoy Dios te da una nueva oportunidad. Te da una nueva oportunidad para cambiar. Cambiar… ¿Pero eso cómo se hace?

Y claro, necesitamos de una respuesta rápida porque para a los seres humanos la sangre nos hierve en nuestro interior sin demora, pero nosotros hemos decidido comenzar la búsqueda, al igual que San Francisco en una pequeña capilla, mirando con ansia a un Cristo como el que el pobrecillo de Asís contempló hace más de ochocientos años.

Relajemos entonces nuestro cuerpo, 
pongámonos cómodos, 
respiremos profundamente hasta tres veces,
expulsando el aire muy despacito, 
como si nos costase despedirnos de él,
cerremos nuestros ojos unos instantes y pidámosle a nuestro corazón que no lata tan deprisa, que deje a un lado las preocupaciones, que se vacíe de tal manera que, si alguien tiene algo que decirnos nos encuentre atentos a sus palabras.

Corría el año 1206. Francisco está de vuelta en Asís después de probar suerte en las milicias. Algo en él está cambiando. Es tiempo de buscar nuevos caminos. Es tiempo de oración. 
En una de las muchas tardes que Francisco empleaba para salir a meditar por el campo, se alejó algo más de lo que acostumbraba, y sus pasos le llevaron junto a una pequeña capillita, en su tiempo dedicaba a San Damián y ahora casi derruida y completamente abandonada. Cansado de andar, aprovechó la oportunidad y entró en ella a hacer oración. 
La débil luz de una lámpara deja ver una tabla bizantina en la que aparecía la serenidad de un Cristo crucificado. Mientras rezaba postrado de rodillas ante el crucifijo, de pronto, se sintió inundado de una gran paz. Levantó sus ojos, llenos de lágrimas, hacia la cruz que pobremente colgaba de una de las ruinosas vigas carcomidas, y he aquí que oyó dentro de su corazón una voz que él creyó proveniente de la misma cruz que, llamándole por su nombre, le dijo:
“Francisco, vete y repara mi casa que, como ves, amenaza ruina”. 
Quedó lleno de temblor Francisco, pues estaba solo en la iglesia, al oír voz tan maravillosa y, sintiendo en su corazón el poder de la palabra divina, dijo:
“¡Oh alto y gloriosos Dios!,
ilumina las tinieblas de mi corazón,
y dame fe recta, esperanza cierta
y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para seguir tu santo y veraz mandamiento.”
Y a partir de ese momento se dispuso a obedecer, y a concentrar todo su esfuerzo en hacer lo que él pensó que se le había mandado: reparar aquella pequeña iglesia. 

A lo largo de nuestro día a día cada uno podrá hacer sus propias reflexiones sobre qué hago aquí, que quiero yo, que quiere Dios de mí… A algunas les habremos podido dar una respuesta, de otras tendremos una ligera idea y de otras quizás aún no hayamos podido dar con la respuesta. Pero confía, confía en ti, confía en él. Debemos cambiar nosotros primero para poder cambiar el mundo después.

Seguro que estos días nos van a servir para cambiar algo de nosotros… pues cualquier granito es importante para lograr construir una montaña luego. Aprovecha los días para crecer, aprovecha a los que tienes a tu alrededor para dar pasos adelante, aprovecha este tiempo de cuaresma, este tiempo de cambio, de conversión para seguir avanzando. 
¿Y por qué no? Vamos a acabar este ratito de oración que seguro que a muchos nos habrá servido para despertarnos para dar gracias por todo esto. 
Hecha la vista atrás.
Quédate con un momento. 
Una sonrisa.
Una mirada.
Una palabra. 
¿Ves a los que tienes a tu alrededor?
Prueba a mirarles.
Piensa en todo lo que te han aportado, en lo que te aportan y en lo que te seguirán aportando en tu día a día.
Da gracias a Dios por ellos. Por tenerles a tu lado. 

miércoles, 8 de marzo de 2017

Con motivo de la cuaresma nos dice el papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor.
Estamos en Cuaresma.

Es un “tiempo favorable”, un tiempo de gracia. Somos convocados para subir con Cristo a Jerusalén, el lugar donde él sufrirá y morirá antes de resucitar con gloria. Esto quiere decir que estamos convocados con él…

para sufrir y para morir a nosotros mismos y al pecado;

para renunciar al mal dentro de nosotros y a nuestro alrededor, a fin de resucitar, como personas y como comunidad, a una vida cristiana más profunda,

para hacernos más disponibles a Dios y a los hermanos,

y ser capaces de prestar servicio con amor.

El camino, para ello, es la conversión, sintetizado en el evangelio del Miércoles de Ceniza :

como limosna : pensando y cuidando de nuestros hermanos;

como oración : escuchando la palabra de Dios y dándole una respuesta de amor y compromiso;

y como ayuno : controlando nuestras frivolidades y renunciando a nuestro egoísmo.

Ese tiempo de Cuaresma queda muy bien recogido en este cuento:
Había una vez un joven que andaba buscando al Señor. Había oído que invitaba a todos para vivir en su Reino. Preguntando por su paradero, se enteró de que Jesús estaba monte adentro, con un hacha, preparando el camino a sus seguidores. Ni corto ni perezoso, se fue a buscarlo al bosque.
- ¿Qué estás haciendo?, preguntó el joven a Jesús.
- Estoy preparando una cruz para cada uno de mis amigos. Tendrán que cargar con ella para poder entrar en mi Reino.
- ¿Puedo ser yo también uno de tus amigos?, preguntó de nuevo el joven.
- ¡Claro que sí!, respondió Jesús. Estaba esperando que me lo pidieras. Ahora bien, si quieres serlo de verdad, tendrás que tomar tu cruz y seguir mis huellas, puesto que yo me voy sin más para preparar el lugar.
- ¿Cuál es mi cruz, Señor?
- Mira, esta que acabo de terminar. Esperaba que vinieras y me puse a  prepararla.
Preparada, lo que se dice preparada, no está, pensó el joven. En la práctica se trataba de dos troncos mal cortados con el hacha; por todas partes sobresalían ramas de cada tronco. No se había esmerado mucho Jesús con aquello. No obstante, pensando que quería entrar en el Reino, se dejó de miramientos y se decidió a cargar la cruz sobre sus hombros, comenzando a caminar con la mirada puesta en las huellas que había dejado el Maestro.
Pero hete aquí que, nada más echar a andar, apareció el Diablo y se acercó sonriente a nuestro joven, gritando:
- ¡Eh, que te olvidas algo!
- Extrañado por aquella aparición y llamada, el joven miró hacia el Diablo, que se acercaba con un hacha en la mano.
- Pero, ¿cómo? ¿También tengo que llevarme el hacha?, peguntó molesto el muchacho.
- No sé -dijo el Diablo haciéndose el inocente-, pero me parece que es conveniente que te la lleves por si la necesitas para el camino. Además, sería una pena dejarla abandonada.
La propuesta le pareció razonable y, sin pensarlo demasiado, tomó el hacha y reanudó el camino, que pronto se le hizo un tanto duro. Duro por la soledad. Él creía que lo haría acompañado por el maestro, pero sólo estaban sus huellas. Además, la cruz, pese a no ser muy pesada, era muy molesta al no estar bien terminada; las ramas que sobresalían del tronco se empeñaban en engancharse por todas partes, como si quisieran retenerlo, y se clavaban en su cuerpo, haciendo dolorosa la marcha.
Una noche particularmente fría, se detuvo a descansar en un descampado.
Depositó la cruz en el suelo, mientras s e fijaba en el hacha. No hizo falta discurrir mucho para arreglar la cruz: con calma, fue cortando los nudos y las ramas salientes que más le molestaban. Mejoró el aspecto de los maderos y, a la par, logró un montoncito de leña para una hoguera donde calentarse un poco.
Esa noche durmió tranquilo. A la mañana siguiente reanudó el camino. Noche a noche, su cruz iba siendo mejorada, se hacía más llevadera, y servía también para calentarse. Casi se sintió agradecido con el Diablo. Cada noche miraba la cruz, y hasta se sentía satisfecho con el resultado del trabajo para embellecerla. Ahora tenía ya un tamaño razonable, y estaba tan pulida que parecía brillar bajo los rayos del sol.
Un poco más y hasta podría levantarla con una sola mano, como si fuera un estandarte. Si le daba tiempo antes de llegar, pensó, podría llegar a colgarla en el cuello con una cadenita. ¡Hasta resultaría un buen adorno sobre su pecho!
No le dio tiempo a realizar todos estos pensamientos. Al día siguiente se encontró delante de las murallas del Reino. No sólo estaba feliz por llegar a la meta, sino que también esperaba el momento de poder presentar a Jesús la cruz que tanto había perfeccionado.
Ninguna de ambas cosas fue sencilla. En principio, resultó que la puerta de entrada del Reino estaba colocada en lo alto de la muralla, abierta como si de una ventana se tratara, a una altura considerable. Gritó insistentemente, anunciando su llegada. El Señor apareció en lo alto invitándole a entrar.
- Pero, Señor, ¿cómo puedo entrar? La puerta está demasiado alta y no alcanzo.
- Apoya la cruz contra la muralla, y luego trepa por ella. A propósito dejé yo tantas ramas en tu cruz, para que te sirviera ahora. Además, tiene el tamaño justo para que alcances la entrada.
En aquel momento el joven se dio cuenta que realmente la cruz recibida tenía sentido; de verdad el Señor la había preparado bien. Sin embargo, ya era tarde para  esto. Su pequeña cruz, tan pulida y recortada, resultaba un juguete inútil. El Diablo había resultado mal consejero y peor amigo.
Con todo, el Señor era más bondadoso y compasivo de cuanto era capaz de imaginar el joven. No se había olvidado de la buena voluntad del muchacho y hasta de su generosidad para seguirlo. Por eso le dio otra oportunidad y... ¡un consejo!
- Vuelve sobre tus pasos. Seguramente ene l camino encontrarás alguno que esté cansado con su cruz. Ayúdale tú a traerla. De esta manera, harás que logre alcanzar la meta, y al mismo tiempo, podrás subir por ella para entrar en mi Reino. Dios y Señor nuestro, acudimos a ti, pidiéndote que nos conviertas a ti, de todo corazón. Haznos pacientes con los que yerran el camino; haznos delicados con los que nadie respeta; haznos sencillos con los que son maltratados; haznos humildes con los que no tienen fuerzas.

Diversas situaciones, temporadas, relaciones se convierten en pruebas, en dificultades o retos para nuestra vida. Puede ser algún conflicto o fracaso, el exceso de trabajos, el amor o el desamor, los exámenes que parecen conducirme a un túnel… Ciertamente, a veces percibo las pruebas como dificultad, como tormenta.
Una dificultad que me paraliza, que me consume demasiadas energías. Hoy quiero parar un rato y pedirte Señor que nos ayudes a afrontar las pruebas diarias como un reto, un reto que podemos afrontar y superar. Que te descubra, Señor, en medio de la tormenta.
Señor, enséñanos a orar, pues nos cansamos enseguida de estar contigo; sin embargo, sabemos que al orar somos más entrega, tenemos más fuerzas, amamos más todos. Haz, Señor, que seamos orantes a corazón abierto, a pie descalzo, con entrega incondicional.

Hoy, Señor, quiero convertirme. Sé que con mis fuerzas no puedo, pero lo quiero, deseo ardientemente cambiar de rumbo. Ir por el camino del amor y el compromiso, en favor siempre de los desheredados de este mundo.

Cuaresma es cambiar de vida, son 40 días de preparación para la gran fiesta de la Pascua de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo y por ello:

Bienaventurados quienes durante el tiempo de Cuaresma, y en su vida diaria, practican el ayuno del consumismo, de los programas basura de la televisión, de las críticas, de la indiferencia.
Bienaventurados quienes intentan en la cotidianidad ir suavizando su corazón de piedra, para dar paso a la sensibilidad, la ternura, la compasión, la indignación teñida de propuestas.
Bienaventurados quienes creen que el perdón, en todos los ámbitos, es uno de los ejes centrales en la puesta en práctica del Evangelio de Jesús, para conseguir un mundo reconciliado.
Bienaventurados quienes se aíslan de tanto ruido e información vertiginosa, y hacen un espacio en el desierto de su corazón para que el silencio se transforme en soledad sonora.
Bienaventurados quienes recuerdan la promesa de su buen Padre y Madre Dios, quienes renuevan a cada momento su alianza de cercanía y presencia alentadora hacia todo el género humano.
Bienaventurados quienes cierran la puerta a los agoreros, a la tristeza y al desencanto, y abren todas las ventanas de su casa al sol de la ilusión, del encanto, de la belleza, de la solidaridad.
Bienaventurados quienes emplean sus manos, su mente, sus pies en el servicio gozoso de los demás, quienes más allá de todas las crisis, mantienen, ofrecen y practican la esperanza de la resurrección a todos los desvalidos, marginados y oprimidos del mundo. Entonces sí que habrá brotado la flor de la Pascua al final de un gozoso sendero cuaresmal.

La duración de cuarenta días simboliza la prueba de Jesús al permanecer justo 40 días en el desierto, antes de su misión pública.
Oremos para que durante esta Cuaresma
nos volvamos plenamente a Dios y a nuestros hermanos.
Oh Dios de la Alianza de amor:
tú nos invitas a seguir a tu Hijo.
Mientras recordamos
cómo fue conducido por el Espíritu al desierto,
que él abra nuestros ojos para ver
las injusticias que hemos creado en nuestro mundo.
Ayúdanos a orar en soledad,
a sentir nuestra sed de amor y de felicidad
y a vencer nuestras tentaciones.
Que aprendamos de Jesús
a creer en la Buena Noticia de Salvación
y a dar forma y a desarrollar
tu reino de verdad, justicia
y amor desinteresado.

Te lo pedimos en nombre de Jesús, el Señor.

miércoles, 1 de marzo de 2017

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COMIENZA LA CUARESMA  MIÉRCOLES DE CENIZA

¿Qué es Cuaresma? Se conoce como Cuaresma al período del tiempo litúrgico, los cuarenta días anteriores a la celebración principal del cristianismo: la Resurrección de Jesucristo, que se celebra el Domingo de Pascua. La Cuaresma es una palabra de origen latín quadragésima”, que significa “cuadragésimo día” (antes de la Pascua).

La Cuaresma es practicada desde el siglo IV y  comienza el Miércoles de Ceniza y termina el Jueves Santo, cuando los católicos, los católicos ortodoxos, los anglicanos y algunas iglesias evangélicas se preparan para la Pascua.

ORACIÓN
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en la Cruz y escarnecido.
Muéveme ver tu cuerpo tan herido
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

  
CUARESMA ES TIEMPO DE CAMBIO
·         El miércoles de ceniza se nos dijo: "convertíos y creed el evangelio". La cuaresma es pues, un tiempo de conversión.
·         Convertirse significa "volver", "cambiar", "corregir el camino" "renovarse".
·         El cambio que queremos es pasar del "hombre viejo" al "hombre nuevo".
·         "Hombre viejo" es el que vive a espaldas de

Cristo y del evangelio. "hombre nuevo" es el que sigue a Jesús y vive según el evangelio.
·         ¿Tú eres un "hombre viejo" o un "hombre nuevo"? piénsalo bien, ¡hombre!
·         Algunos cristianos creen que la conversión es sólo para los paganos y herejes… y, claro, no necesitan la cuaresma.
·         otros piensan que con no comer carne los viernes o dejar de fumar ya han cumplido... ¡no! si no hay cambio, no hay cuaresma.
·         Cuaresma es cambiar de vida.

CAMINANDO POR EL DESIERTO

Cuando oímos la palabra “desierto” seguro que pensamos en el “París-Dakar” o nos imaginamos un lugar con mucha arena, camellos, o con imágenes que hemos visto en alguna película.
Pero también sabemos que la palabra “desierto” aparece muchas veces en la Biblia; el pueblo de Israel caminó antes de llegar a la Tierra Prometida, en el desierto estuvo Juan elBautista y otros profetas.
Hoy vamos a pedirle a Jesús que nos lleve al desierto de nuestro corazón para que podamos encontrarnos con nosotras mismas y con Él.
Aquí estoy contigo y quiero ser yo mismo de verdad.
Quiero entrar dentro de mí.
Quiero hacer camino hasta el desierto de mi corazón.
Quiero tocar mi hondura y dejar de vivir desde la superficialidad.
Quiero, Jesús, descubrirme por dentro y vivir desde dentro.
Quiero tomar conciencia de lo que no soy, y de lo que soy.

Quiero poner en mi vida razones profundas que me hagan vivir.
Quiero tener motivaciones sanas que me eleven a la altura.
Quiero tener voluntad propia a la hora de decidir.

Quiero, Jesús, dejar la arena y apoyarme en roca firme.
Quiero ser original y no copiar modas.
Quiero ser auténtico y no perder mi verdad por la imagen barata.
Quiero ser valiente, enérgico, decidido y no andar en duda continua.
Quiero, Jesús, ser yo.

Ábreme el corazón a la escucha desde el silencio.
Ábreme el corazón al contacto de tu Palabra.
Quiero estar contigo a solas, en paz y en silencio porque sé que me amas.

“QUE TU LUZ BRILLE”
Hoy os propongo que escuchéis con atención un breve texto del evangelio.
Jesús les decía a sus discípulos:
“¿Acaso se trae una lámpara para taparla con una vasija o ponerla debajo de la cama? ¿No es para ponerla encima de una mesa o de un candelero y alumbre a toda la casa?”
Como dice Jesús… nadie enciende una vela para esconderla, sino para que dé luz. Ciertamente que parece evidente esto que hemos escuchado. Pues mirad.
Creo que, en muchas ocasiones, todos nosotros podemos ser luz para todos los que nos rodean, pero en lugar de “ABRIRNOS” y dar nuestra luz, nos escondemos y no dejamos que la luz que llevamos dentro salga para alumbrar a los demás.
Quizá por miedo a SER AUTÉNTICOS, a ser gente que se preocupa por los demás, por ser compañeros atentos, cercanos a todos, y por miedo a “ser diferente”, escondemos esa luz que todos llevamos dentro, y que puede hacer tanto bien a los demás.
Es decir; nadie se compra un móvil para no usarlo; nadie compra una lavadora para luego lavar a mano, nadie compra un coche para dejarlo en el garaje… Por eso ábrete a los demás, comparte tus cualidades con los que te rodean, sonríe, bromea, haz que la gente sea más feliz y consigue así que tu vida sea luz para los que te conocen, y no oscuridad