miércoles, 8 de marzo de 2017

Con motivo de la cuaresma nos dice el papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor.
Estamos en Cuaresma.

Es un “tiempo favorable”, un tiempo de gracia. Somos convocados para subir con Cristo a Jerusalén, el lugar donde él sufrirá y morirá antes de resucitar con gloria. Esto quiere decir que estamos convocados con él…

para sufrir y para morir a nosotros mismos y al pecado;

para renunciar al mal dentro de nosotros y a nuestro alrededor, a fin de resucitar, como personas y como comunidad, a una vida cristiana más profunda,

para hacernos más disponibles a Dios y a los hermanos,

y ser capaces de prestar servicio con amor.

El camino, para ello, es la conversión, sintetizado en el evangelio del Miércoles de Ceniza :

como limosna : pensando y cuidando de nuestros hermanos;

como oración : escuchando la palabra de Dios y dándole una respuesta de amor y compromiso;

y como ayuno : controlando nuestras frivolidades y renunciando a nuestro egoísmo.

Ese tiempo de Cuaresma queda muy bien recogido en este cuento:
Había una vez un joven que andaba buscando al Señor. Había oído que invitaba a todos para vivir en su Reino. Preguntando por su paradero, se enteró de que Jesús estaba monte adentro, con un hacha, preparando el camino a sus seguidores. Ni corto ni perezoso, se fue a buscarlo al bosque.
- ¿Qué estás haciendo?, preguntó el joven a Jesús.
- Estoy preparando una cruz para cada uno de mis amigos. Tendrán que cargar con ella para poder entrar en mi Reino.
- ¿Puedo ser yo también uno de tus amigos?, preguntó de nuevo el joven.
- ¡Claro que sí!, respondió Jesús. Estaba esperando que me lo pidieras. Ahora bien, si quieres serlo de verdad, tendrás que tomar tu cruz y seguir mis huellas, puesto que yo me voy sin más para preparar el lugar.
- ¿Cuál es mi cruz, Señor?
- Mira, esta que acabo de terminar. Esperaba que vinieras y me puse a  prepararla.
Preparada, lo que se dice preparada, no está, pensó el joven. En la práctica se trataba de dos troncos mal cortados con el hacha; por todas partes sobresalían ramas de cada tronco. No se había esmerado mucho Jesús con aquello. No obstante, pensando que quería entrar en el Reino, se dejó de miramientos y se decidió a cargar la cruz sobre sus hombros, comenzando a caminar con la mirada puesta en las huellas que había dejado el Maestro.
Pero hete aquí que, nada más echar a andar, apareció el Diablo y se acercó sonriente a nuestro joven, gritando:
- ¡Eh, que te olvidas algo!
- Extrañado por aquella aparición y llamada, el joven miró hacia el Diablo, que se acercaba con un hacha en la mano.
- Pero, ¿cómo? ¿También tengo que llevarme el hacha?, peguntó molesto el muchacho.
- No sé -dijo el Diablo haciéndose el inocente-, pero me parece que es conveniente que te la lleves por si la necesitas para el camino. Además, sería una pena dejarla abandonada.
La propuesta le pareció razonable y, sin pensarlo demasiado, tomó el hacha y reanudó el camino, que pronto se le hizo un tanto duro. Duro por la soledad. Él creía que lo haría acompañado por el maestro, pero sólo estaban sus huellas. Además, la cruz, pese a no ser muy pesada, era muy molesta al no estar bien terminada; las ramas que sobresalían del tronco se empeñaban en engancharse por todas partes, como si quisieran retenerlo, y se clavaban en su cuerpo, haciendo dolorosa la marcha.
Una noche particularmente fría, se detuvo a descansar en un descampado.
Depositó la cruz en el suelo, mientras s e fijaba en el hacha. No hizo falta discurrir mucho para arreglar la cruz: con calma, fue cortando los nudos y las ramas salientes que más le molestaban. Mejoró el aspecto de los maderos y, a la par, logró un montoncito de leña para una hoguera donde calentarse un poco.
Esa noche durmió tranquilo. A la mañana siguiente reanudó el camino. Noche a noche, su cruz iba siendo mejorada, se hacía más llevadera, y servía también para calentarse. Casi se sintió agradecido con el Diablo. Cada noche miraba la cruz, y hasta se sentía satisfecho con el resultado del trabajo para embellecerla. Ahora tenía ya un tamaño razonable, y estaba tan pulida que parecía brillar bajo los rayos del sol.
Un poco más y hasta podría levantarla con una sola mano, como si fuera un estandarte. Si le daba tiempo antes de llegar, pensó, podría llegar a colgarla en el cuello con una cadenita. ¡Hasta resultaría un buen adorno sobre su pecho!
No le dio tiempo a realizar todos estos pensamientos. Al día siguiente se encontró delante de las murallas del Reino. No sólo estaba feliz por llegar a la meta, sino que también esperaba el momento de poder presentar a Jesús la cruz que tanto había perfeccionado.
Ninguna de ambas cosas fue sencilla. En principio, resultó que la puerta de entrada del Reino estaba colocada en lo alto de la muralla, abierta como si de una ventana se tratara, a una altura considerable. Gritó insistentemente, anunciando su llegada. El Señor apareció en lo alto invitándole a entrar.
- Pero, Señor, ¿cómo puedo entrar? La puerta está demasiado alta y no alcanzo.
- Apoya la cruz contra la muralla, y luego trepa por ella. A propósito dejé yo tantas ramas en tu cruz, para que te sirviera ahora. Además, tiene el tamaño justo para que alcances la entrada.
En aquel momento el joven se dio cuenta que realmente la cruz recibida tenía sentido; de verdad el Señor la había preparado bien. Sin embargo, ya era tarde para  esto. Su pequeña cruz, tan pulida y recortada, resultaba un juguete inútil. El Diablo había resultado mal consejero y peor amigo.
Con todo, el Señor era más bondadoso y compasivo de cuanto era capaz de imaginar el joven. No se había olvidado de la buena voluntad del muchacho y hasta de su generosidad para seguirlo. Por eso le dio otra oportunidad y... ¡un consejo!
- Vuelve sobre tus pasos. Seguramente ene l camino encontrarás alguno que esté cansado con su cruz. Ayúdale tú a traerla. De esta manera, harás que logre alcanzar la meta, y al mismo tiempo, podrás subir por ella para entrar en mi Reino. Dios y Señor nuestro, acudimos a ti, pidiéndote que nos conviertas a ti, de todo corazón. Haznos pacientes con los que yerran el camino; haznos delicados con los que nadie respeta; haznos sencillos con los que son maltratados; haznos humildes con los que no tienen fuerzas.

Diversas situaciones, temporadas, relaciones se convierten en pruebas, en dificultades o retos para nuestra vida. Puede ser algún conflicto o fracaso, el exceso de trabajos, el amor o el desamor, los exámenes que parecen conducirme a un túnel… Ciertamente, a veces percibo las pruebas como dificultad, como tormenta.
Una dificultad que me paraliza, que me consume demasiadas energías. Hoy quiero parar un rato y pedirte Señor que nos ayudes a afrontar las pruebas diarias como un reto, un reto que podemos afrontar y superar. Que te descubra, Señor, en medio de la tormenta.
Señor, enséñanos a orar, pues nos cansamos enseguida de estar contigo; sin embargo, sabemos que al orar somos más entrega, tenemos más fuerzas, amamos más todos. Haz, Señor, que seamos orantes a corazón abierto, a pie descalzo, con entrega incondicional.

Hoy, Señor, quiero convertirme. Sé que con mis fuerzas no puedo, pero lo quiero, deseo ardientemente cambiar de rumbo. Ir por el camino del amor y el compromiso, en favor siempre de los desheredados de este mundo.

Cuaresma es cambiar de vida, son 40 días de preparación para la gran fiesta de la Pascua de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo y por ello:

Bienaventurados quienes durante el tiempo de Cuaresma, y en su vida diaria, practican el ayuno del consumismo, de los programas basura de la televisión, de las críticas, de la indiferencia.
Bienaventurados quienes intentan en la cotidianidad ir suavizando su corazón de piedra, para dar paso a la sensibilidad, la ternura, la compasión, la indignación teñida de propuestas.
Bienaventurados quienes creen que el perdón, en todos los ámbitos, es uno de los ejes centrales en la puesta en práctica del Evangelio de Jesús, para conseguir un mundo reconciliado.
Bienaventurados quienes se aíslan de tanto ruido e información vertiginosa, y hacen un espacio en el desierto de su corazón para que el silencio se transforme en soledad sonora.
Bienaventurados quienes recuerdan la promesa de su buen Padre y Madre Dios, quienes renuevan a cada momento su alianza de cercanía y presencia alentadora hacia todo el género humano.
Bienaventurados quienes cierran la puerta a los agoreros, a la tristeza y al desencanto, y abren todas las ventanas de su casa al sol de la ilusión, del encanto, de la belleza, de la solidaridad.
Bienaventurados quienes emplean sus manos, su mente, sus pies en el servicio gozoso de los demás, quienes más allá de todas las crisis, mantienen, ofrecen y practican la esperanza de la resurrección a todos los desvalidos, marginados y oprimidos del mundo. Entonces sí que habrá brotado la flor de la Pascua al final de un gozoso sendero cuaresmal.

La duración de cuarenta días simboliza la prueba de Jesús al permanecer justo 40 días en el desierto, antes de su misión pública.
Oremos para que durante esta Cuaresma
nos volvamos plenamente a Dios y a nuestros hermanos.
Oh Dios de la Alianza de amor:
tú nos invitas a seguir a tu Hijo.
Mientras recordamos
cómo fue conducido por el Espíritu al desierto,
que él abra nuestros ojos para ver
las injusticias que hemos creado en nuestro mundo.
Ayúdanos a orar en soledad,
a sentir nuestra sed de amor y de felicidad
y a vencer nuestras tentaciones.
Que aprendamos de Jesús
a creer en la Buena Noticia de Salvación
y a dar forma y a desarrollar
tu reino de verdad, justicia
y amor desinteresado.

Te lo pedimos en nombre de Jesús, el Señor.