miércoles, 29 de noviembre de 2017


En esta mañana vamos a echar un vistazo a nuestro mundo y ver qué hace falta en él. Seguramente sacaremos una gran lista: le falta amor, sinceridad, honradez, cercanía, alegría, esperanza, caridad… Pero sobre todo a nuestro mundo le faltas tú. Sí, ¡tú! Porque nada de lo anterior se lograría si tú no dieras ese primer paso y pusieras en el mundo aquello que necesita para ser un mundo más humano, más cristiano, más de Dios.
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»
Del mismo modo que Jesús fue perseguido a causa de su predicación, sus discípulos también lo serán. Sin embargo, en medio de una vida tranquila, suena un poco extraño ese de que “nos odiarán” ¿No será que muchas veces no molesta a nadie nuestra proclamación y vivencia del Evangelio porque nosotros mismos no lo comunicamos ni vivimos con convicción?
Quizá debamos implicarnos más, darnos más. Darse más es sentir que el otro también necesita de ti y de tu vida. Darse más es compartir el futuro y el presente, reconocer en el otro una posibilidad de amar y entregarse. Darse más, en definitiva, es lo que hizo Dios por nosotros.
A lo largo de este día tendrás la oportunidad de ofrecerte: en clase, en tu casa o en tu vida diaria. Y en todas estas oportunidades se te va a pedir no sólo que "quieras", sino que "quieras darte más". Es el único modo de convertir tu egoísmo en disponibilidad, tu "yo" en un "nosotros".
Y si estás dispuesto, dilo: QUIERO DARME
Lo que florece, ¿está ya en la semilla? ¿Se puede improvisar una flor, un atardecer o un alma generosa? ¿Hay algo en nosotros que no haya sido sembrado?
La raíz de todo está en el corazón. Y lo que no esté enraizado en él nunca brotará. Si quieres cambiar el mundo, revisa tu corazón, ¿dónde hunde sus raíces?
Un árbol es un buen ejemplo de vida. Crece firme porque está arraigado, bebe desde centro de la tierra a través de unas raíces que han costado años desarrollar. De su firmeza y su paciencia surge vida a su alrededor: pájaros que anidan, insectos que encuentran en él su hábitat, personas que buscan su sombra... ¿Eres tú así?
·    Sólo compartiendo nuestra vida podemos llegar a encontrar y descubrir su verdadero sentido. ¿Te había parado a pensar que a medida que nos sentimos más llenos de los otros vamos vaciando más nuestra vida? Es como si fuéramos más personas, más nosotros, cuando abrimos nuestro corazón a los otros. Curioso, ¿verdad?
Pues este Adviento que va a comenzar te proponemos compartir la vida. Pero hacerlo porque Dios ha compartido la nuestra. Y por eso se hizo niño, compartiendo nuestro suelo, pisando nuestros caminos, sintiendo como siente el hombre, amando como sólo la humanidad sabe amar... y enseñándonos a todo ello (caminar, sentir y amar) en su mejor expresión. Sí, Dios quiso darse más, y lo hizo experimentando nuestra vida, desde dentro. Él también dijo: Sí, "Quiero darme +".
·     Compartir la vida es +... ¿te vas a perder la oportunidad de vivir lo que Dios ha querido que vivas? No te cortes. Hazlo. Escúchale, contempla, navega en tu interior y descubrirás las razones de una entrega sin medida que, al final, movilizará tu vida.
Escucha, contempla, navega... ¡movilízate!
El Adviento nos invita a escuchar, a contemplar, a navegar y a movilizar nuestro día a día.
Escuchar a Dios, también a los otros (que son como las sucursales de Dios para nosotros), atender a su palabra. ¿Ves lo fácil que es descolgar un teléfono, coger una llamada? Pues Dios nos lo pone a huevo todos los días... pero no siempre estamos dispuestos... nuestra "línea" está caída, o sobrecargada.
Contemplar los signos que nos va dejando... como los Magos la estrella, para saber y aprender a verle hasta en las más pequeñas cosas y en los más pequeños gestos.
Navegar, como navega el marinero confiado en las estrellas... hacia el fondo... sabiendo que al final Él se encontrará con nosotros, que no siempre le encontramos.
Y movilizar. ¡Movilízate! Porque una vida parada no conduce a nada. Hace falta también lo concreto, el compromiso real.
·         Preparad el camino al Señor, allanad las sendas" (Mt.3,3)
Los caminos fueron creados para facilitar un trayecto concreto, para no perdernos, para poder transitar de un lugar a otro sin barreras ni dificultades. De esa manera, los caminos son espacios sin los cuales sería muy difícil viajar.

El mensaje del Evangelio es claro y preciso "Preparad el camino al que llega para darnos paz, para traer un mensaje de Amor a la humanidad".

Es necesario que construyamos esos caminos en nuestro interior. Si no dedicamos esfuerzo y tesón a ello nuestro corazón estará cargado de piedras y maleza que dificultará el paso de Jesús por nuestra vida.

Allanemos la senda de nuestra vida, limpiemos de impurezas nuestro vivir diario para poder formar un sendero que facilite el paso del amor, gratuidad, entrega y compasión.

Si abrimos nuestro corazón a la verdad el paso de Dios estará latente en adviento y el resto del año.

¡Allanemos los caminos! ¡Jesús lo necesita para poder llegar a nuestro interior!