martes, 21 de noviembre de 2017


Señor: Me cuesta comenzar el día,
porque sé que es una nueva tarea,
un nuevo compromiso, un nuevo esfuerzo.
Ayúdame a comenzarlo con entusiasmo, 
con alegría, con ilusión nueva.
Sé que estás a mi lado:
en mi familia
en mis amigos,
en las cosas, en mi propia persona.
Gracias por sembrar paz, solidaridad,
amor, entre mis hermanos.

EVANGELIO
En aquel tiempo, dijo Jesús una parábola; el motivo era que estaba cerca de Jerusalén, y se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro.
Dijo, pues: «Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después. Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro, diciéndoles: "Negociad mientras vuelvo." Sus conciudadanos, que lo aborrecían, enviaron tras él una embajada para informar: "No queremos que él sea nuestro rey." Cuando volvió con el título real, mandó llamar a los empleados a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno. El primero se presentó y dijo: "Señor, tu onza ha producido diez." Él le contestó: "Muy bien, eres un empleado cumplidor; como has sido fiel en una minucia, tendrás autoridad sobre diez ciudades." El segundo llegó y dijo: "Tu onza, señor, ha producido cinco." A ése le dijo también: "Pues toma tú el mando de cinco ciudades." El otro llegó y dijo: "Señor, aquí está tu onza; la he tenido guardada en el pañuelo; te tenía miedo, porque eres hombre exigente, que reclamas lo que no prestas y siegas lo que no siembras." Él le contestó: "Por tu boca te condeno, empleado holgazán. ¿Conque sabías que soy exigente, que reclamo lo que no presto y siego lo que no siembro? Pues, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses." Entonces dijo a los presentes: "Quitadle a éste la onza y dádsela al que tiene diez." Le replicaron: "Señor, si ya tiene diez onzas." "Os digo: 'Al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.' Y a esos enemigos míos, que no me querían por rey, traedlos acá y degolladlos en mi presencia."»
Dicho esto, echó a andar delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.


Hoy escuchamos de labios de Jesús un parábola, con algunos rasgos alegóricos. Es equivalente lucano de la parábola mateana de los talentos. Pero difieren mucho entre sí; además Lucas funde dos parábolas en una. Para entender la originalidad de la versión que hace Lucas hay que caer en la cuenta del problema del retraso del reino de Dios. Sabemos que las comunidades primitivas viven con mucha inquietud la espera de la llegada inmediata del reino de Dios. Y ese es el motivo de la parábola: “el motivo era que estaba cerca de Jerusalén, y pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro”. Lucas corrige la expectación inmediata del reino insistiendo en que:
El reino de Dios no llega en el futuro próximo.
En el lugar de la espera mesiánico nacionalista hay que esperar la justicia de Dios al final de los tiempos
En el reino entrarán los que viven y actúan con responsabilidad mientras el Señor está ausente.
El centro de la parábola reside precisamente en la importancia de hacerse cargo de la misión; hay que hacer fructificar los dones recibidos; cada uno tiene que hacer fecundos sus propios dones. Es una cuestión de responsabilidad. Y de respuesta a la palabra y misión de Jesús. Independiente de la cantidad de dones recibidos a todos se nos invita a desarrollarlos.
La vida cristiana no consiste en estar pendientes del futuro y absortos en él. La existencia cristiana se juega en el presente; no consiste sólo en la expectación; incluye el compromiso de amor.

El amor verdadero no se pesa
«Dad y os darán: recibiréis una medida generosa, apretada, remecida y rebosante» (Lc 7, 38)
Decía Calderón de la Barca: «Que cuando amor no es locura no es amor». Y es que dar paso a la lógica divina del amor es una locura para cualquiera. Cuando leemos el evangelio con el corazón nos damos cuenta de que el amor de Dios no es cicatero, no se puede calcular, ni se mide, ni se pesa.
La medida de la generosidad de Dios es tan desconcertante, abundante y tan difícil de imaginar como las estrellas del universo; tan difícil de medir como los granos de arena de una playa; tan sin fin como las gotas de un inmenso océano. Así, en el evangelio, el padre misericordioso no calculó el amor con el hijo pródigo, lo derrochó. Y aquel que contrató a los jornaleros de la última hora y les dio el mismo salario que al resto, no reservó su extrema generosidad.
Cuando somos capaces de liberarnos de las cadenas de una deuda y abandonamos nuestros precisos cálculos, permitimos que en nuestra vida entre un Amor que solo puede crecer; “Siempre es más y no sabe de números” tiende a infinito y brota a borbotones.
¿Te sueles ver midiendo y pesando tu amor, tu generosidad, tu bondad con los demás?
La memoria que duele
«Fíjate en mi aflicción y en mi amargura, en la hiel que me envenena; no hago más que pensar en ello, y estoy abatido. Pero hay algo que traigo a la memoria y me da esperanza: que la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión» (Lam 3,19-22)
En ocasiones andamos un poco mustios. Evocamos lo vivido. Nos encerramos en historias que se convierten en prisión y no nos dejan seguir adelante. ¿No te ha pasado nunca? Una relación que se atravesó, un mal amor, una herida que no sabes cómo hacer que cicatrice, un fracaso personal del que cuesta levantarse, un pasado glorioso que brilla más con la memoria porque la memoria tiene esa capacidad de mitificar…
A veces hay que aprender a recoger los pedazos y recomponerlos. Mirarse con ternura, agradecer lo vivido, pero dejarlo marchar y sonreírse a uno mismo y al futuro para salir de las celdas innecesarias, porque la vida siempre espera más adelante.
¿Hay algún recuerdo  en el que no puedes dejar de pensar?
¿Qué podrías hacer para dejarle marchar?
  
Oración.
Señor... hoy quisiera pedirte por esos hombres y mujeres que no tienen donde permanecer. Te pido por ellos, por los que van de pueblo en pueblo; de ciudad en ciudad; de albergue en albergue; de portal en portal, con todo su ajuar a cuestas estrujado en un misera­ble saco.
Te pido por esos hijos de nadie, por esos, porque precisamente por eso son más hijos tuyos... Te pido por todos los desfavorecidos socialmente, que encuentren cobijo cuando lo necesiten, ellos son también tus hijos, Padre.
Te pedimos, Señor, por los ancianos olvidados, por tantos niños explotados, y por quienes no han conocido un padre, por los que se ven obligados a vender su cuerpo, por quienes sólo conocen la calle como hogar.

Los sueños que sanan
«Después derramaré mi espíritu sobre todos: vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones» (Joel 3, 1)
Hay que tener alma de soñador. Hay que imaginar mundos mejores, para después imaginar la forma de construirlos. Hay que intuir novedad, mejorar, para así tener una humanidad más plena.
De noche uno imagina, sueña despierto, en esa última hora antes de quedar dormido, todo parece más fácil, posible, cierto y aunque luego, con la luz del día, los contornos se vuelven más reales y las metas más difíciles, ¿por qué no mantener encendida la llama de la esperanza? ¿Por qué limitarse a arrastrar los días cuando podemos elevarnos y mirar desde una altura hecha de evangelio, de bienaventuranza y de la bondad humana?

¿Cuáles son tus sueños en este momento de la vida?